La sirenita
Continuación
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El sol no había salido aún cuando
llegó al palacio del príncipe y se aventuró por la
magnífica escalera de mármol. La luna brillaba con una
claridad maravillosa. La sirena ingirió el ardiente y
acre filtro y sintió como si una espada de doble filo le
atravesara todo el cuerpo; cayó desmayada y quedó
tendida en el suelo como muerta. Al salir el sol volvió
en sí; el dolor era intensísimo, pero ante sí tenía
al hermoso y joven príncipe, con los negros ojos
clavados en ella. La sirena bajó los suyos y vio que su
cola de pez había desaparecido, sustituida por dos
preciosas y blanquísimas piernas, las más lindas que
pueda tener una muchacha; pero estaba completamente
desnuda, por lo que se envolvió en su larga y abundante
cabellera. Le preguntó el príncipe quién era y cómo
había llegado hasta allí, y ella le miró dulce y
tristemente con sus ojos azules, pues no podía hablar.
Entonces la tomó él de la mano y a condujo al interior
del palacio. Como ya le había advertido la bruja, a cada
paso que daba era como si anduviera sobre agudos punzones
y afilados cuchillos, pero lo soportó sin una queja. De
la mano del príncipe subía ligera como una burbuja de
aire, y tanto él como todos los presentes se
maravillaban de su andar gracioso y cimbreante.
Le dieron vestidos preciosos de seda y muselina; era la
más hermosa de palacio, pero era muda, no podía hablar
ni cantar. Bellas esclavas vestidas de seda y oro se
adelantaron a cantar ante el hijo del Rey y sus augustos
padres; una de ellas cantó mejor que todas las demás, y
fue recompensada con el aplauso y una sonrisa del
príncipe. Entristecióse entonces la sirena, pues sabía
que ella habría cantado más melodiosamente aún.
«¡Oh! -pensó- si él supiera que por estar a su lado
sacrifiqué mi voz para toda la eternidad».
A continuación las esclavas bailaron primorosas danzas,
al son de una música incomparable, y entonces la sirena,
alzando los hermosos y blanquísimos brazos e
incorporándose sobre las puntas de los pies, se puso a
bailar con un arte y una belleza jamás vistos; cada
movimiento destacaba más su hermosura, y sus ojos
hablaban al corazón más elocuentemente que el canto de
las esclavas.
Todos quedaron maravillados, especialmente el príncipe,
que la llamó su pequeña expósita; y ella siguió
bailando, a pesar de que cada vez que su pie tocaba el
suelo creía pisar un agudísimo cuchillo. Dijo el
príncipe que quería tenerla siempre a su lado, y la
autorizó a dormir delante de la puerta de su
habitación, sobre almohadones de terciopelo.
Mandó que le hicieran un traje de amazona para que
pudiese acompañarlo a caballo. Y así cabalgaron por los
fragantes bosques, cuyas verdes ramas acariciaban sus
hombros, mientras los pajarillos cantaban entre las
tiernas hojas. Subió con el príncipe a las montañas
más altas, y, aunque sus delicados pies sangraban y los
demás lo veían, ella seguía a su señor sonriendo,
hasta que pudieron contemplar las nubes a sus pies,
semejantes a una bandada de aves camino de tierras
extrañas.
En palacio, cuando, por la noche, todo el mundo dormía,
ella salía a la escalera de mármol a bañarse los pies
en el agua de mar, para aliviar su dolor; entonces
pensaba en los suyos, a los que había dejado en las
profundidades del océano.
Una noche se presentaron sus hermanas, cogidas del brazo,
cantando tristemente, mecidas por las olas. Ella les hizo
señas y, reconociéndola, las sirenas se le acercaron y
le contaron la pena que les había causado su
desaparición. Desde entonces la visitaron todas las
noches, y una vez vio a lo lejos incluso a su anciana
abuela -que llevaba muchos años sin subir a la
superficie- y al rey del mar, con la corona en la cabeza.
Ambos le tendieron los brazos, pero sin atreverse a
acercarse a tierra como las hermanas.
Cada día aumentaba el afecto que por ella sentía el
príncipe, quien la quería como se puede querer a una
niña buena y cariñosa; pero nunca le había pasado por
la mente la idea de hacerla reina; y, sin embargo,
necesitaba llegar a ser su esposa, pues de otro modo no
recibiría un alma inmortal, y la misma mañana de la
boda del príncipe se convertiría en espuma del mar.
- ¿No me amas por encima de todos los demás? -parecían
decir los ojos de la pequeña sirena, cuando él la
cogía en sus brazos y le besaba la hermosa frente.
- Sí, te quiero más que a todos -respondía él-,
porque eres la que tiene mejor corazón, la más adicta a
mí, y porque te pareces a una muchacha a quien vi una
vez, pero que jamás volveré a ver. Navegaba yo en un
barco que naufragó, y las olas me arrojaron a la orilla
cerca de un santuario, en el que varias doncellas
cuidaban del culto. La más joven me encontró y me
salvó la vida, yo la vi solamente dos veces; era la
única a quien yo podría amar en este mundo, pero tú te
le pareces, tú casi destierras su imagen de mi alma;
ella está consagrada al templo, y por eso mi buena
suerte te ha enviado a ti. Jamás nos separaremos.
«¡Ay, no sabe que le salvé la vida -pensó la sirena-.
Lo llevé sobre el mar hasta el bosque donde se levanta
el templo, y, disimulada por la espuma, estuve espiando
si llegaban seres humanos. Vi a la linda muchacha, a
quien él quiere más que a mí». Y exhaló un profundo
suspiro, pues llorar no podía. «La doncella pertenece
al templo, ha dicho, y nunca saldrá al mundo; no
volverán a encontrarse pues, mientras que yo estoy a su
lado, lo veo todos los días. Lo cuidaré, lo querré, le
sacrificaré mi vida».
Sin embargo, el príncipe debía casarse, y, según
rumores, le estaba destinada por esposa la hermosa bija
del rey del país vecino. A este fin, armaron un barco
magnífico. Se decía que el príncipe iba a partir para
visitar las tierras de aquel país; pero en realidad era
para conocer a la princesa su hija, y por eso debía
acompañarlo un numeroso séquito. La sirenita meneaba,
sonriendo, la cabeza; conocía mejor que nadie los
pensamientos de su señor.
- ¡Debo partir! -le había dicho él-. Debo ver a la
bella princesa, mis padres lo exigen, pero no me
obligarán a tomarla por novia. No puedo amarla, pues no
se parece a la hermosa doncella del templo que es como
tú. Si un día debiera elegir yo novia, ésta serías
tú, mi muda expósita de elocuente mirada -. La besó
los rojos labios, y, jugando con su larga cabellera,
apoyó la cabeza sobre su corazón, que soñaba en la
felicidad humana y en el alma inmortal.
- ¿No te da miedo el mar, mi pequeñina muda? -le dijo
cuando ya se hallaban a bordo del navío que debía
conducirlos al vecino reino. Y le habló de la tempestad
y de la calma, de los extraños peces que pueblan los
fondos marinos y de lo que ven en ellos los buzos; y ella
sonreía escuchándolo, pues estaba mucho mejor enterada
que otro cualquiera de lo que hay en el fondo del mar.
Una noche de clara luna, cuando todos dormían, excepto
el timonel, que permanecía en su puesto, sentóse ella
en la borda y clavó la mirada en el fondo de las aguas
límpidas. Le pareció que distinguía el palacio de su
padre. Arriba estaba su anciana abuela con la corona de
plata en la cabeza, mirando a su vez la quilla del barco
a través de la rápida corriente. Las hermanas subieron
a la superficie y se quedaron también mirándola
tristemente, agitando las blancas manos. Ella les hacia
señas sonriente, y quería explicarles que estaba bien,
que era feliz, pero se acercó el grumete, y las sirenas
se sumergieron, por lo que él creyó que aquella cosa
blanca que había visto no era sino espuma del mar.
A la mañana siguiente el barco entró en el puerto de la
capital del país vecino. Repicaban todas las campanas, y
desde las altas torres llegaba el son de las trompetas,
mientras las tropas aparecían formadas con banderas
ondeantes y refulgentes bayonetas. Los festejos se
sucedían sin interrupción, con bailes y reuniones; mas
la princesa no había llegado aún. Según se decía, la
habían educado en un lejano templo, donde había
aprendido todas las virtudes propias de su condición. Al
fin llegó a la ciudad.
La sirenita estaba impaciente por ver su hermosura, y
hubo de confesarse que nunca había visto un ser tan
perfecto. Tenía la piel tersa y purísima, y detrás de
las largas y oscuras pestañas sonreían unos ojos
azuloscuro, de dulce expresión.
- Eres tú -dijo el príncipe- la que me salvó cuando yo
yacía como un cadáver en la costa -. Y estrechó en sus
brazos a su ruborosa prometida. - ¡Ah, qué feliz soy!
-añadió dirigiéndose a la sirena-. Se ha cumplido el
mayor de mis deseos. Tú te alegrarás de mi dicha, pues
me quieres más que todos.
La sirena le besó la mano y sintió como si le estallara
el corazón. El día de la boda significaría su muerte y
su transformación en espuma.
Fueron echadas al vuelo las campanas de las iglesias; los
heraldos recorrieron las calles pregonando la fausta
nueva. En todos los altares ardía aceite perfumado en
lámparas de plata. Los sacerdotes agitaban los
incensarios, y los novios, dándose la mano, recibieron
la bendición del obispo. La sirenita, vestida de seda y
oro, sostenía la cola de la desposada; pero sus oídos
no percibían la música solemne, ni sus ojos seguían el
santo rito. Pensaba solamente en su próxima muerte y en
todo lo que había perdido en este mundo.
Aquella misma tarde los novios se trasladaron a bordo
entre el tronar de los cañones y el ondear de las
banderas. En el centro del buque habían erigido una
soberbia tienda de oro y púrpura, provista de
bellísimos almohadones; en ella dormiría la feliz
pareja durante la noche fresca y tranquila.
El viento hinchó las velas, y la nave se deslizó, rauda
y suave, por el mar inmenso.
Al oscurecer encendieron lámparas y los marineros
bailaron alegres danzas en cubierta. La sirenita recordó
su primera salida del mar, en la que había presenciado
aquella misma magnificencia y alegría, y entrando en la
danza, voló como vuela la golondrina perseguida, y todos
los circunstantes expresaron su admiración; nunca había
bailado tan exquisitamente. Parecía como si acerados
cuchillos le traspasaran los delicados pies, pero ella no
los sentía; más acerbo era el dolor que le hendía el
corazón. Sabía que era la última noche que veía a
aquel por quien había abandonado familia y patria,
sacrificado su hermosa voz y sufrido día tras día
tormentos sin fin, sin que él tuviera la más leve
sospecha de su sacrificio. Era la última noche que
respiraba el mismo aire que él, y que veía el mar
profundo y el cielo cuajado de estrellas. La esperaba una
noche eterna sin pensamientos ni sueños, pues no tenía
alma ni la tendría jamás. Todo fue regocijo y contento
a bordo hasta mucho después de media noche, y ella río
y bailó con el corazón lleno de pensamientos de muerte.
El príncipe besó a su hermosa novia, y ella acarició
el negro cabello de su marido y, cogidos del brazo, se
retiraron los dos a descansar en la preciosa tienda.
Se hizo la calma y el silencio en el barco; sólo el
timonel seguía en su puesto. La sirenita, apoyados los
blancos brazos en la borda, mantenía la mirada fija en
Oriente, en espera de la aurora; sabía que el primer
rayo de sol la mataría. Entonces vio a sus hermanas que
emergían de las aguas, pálidas como ella; sus largas y
hermosas cabelleras no flotaban ya al viento; se las
habían cortado.
- Las hemos dado a la bruja a cambio de que nos deje
acudir en tu auxilio, para que no mueras esta noche. Nos
dio un cuchillo, ahí lo tienes. ¡Mira qué afilado es!
Antes de que salga el sol debes clavarlo en el corazón
del príncipe, y cuando su sangre caliente salpique tus
pies, volverá a crecerte la cola de pez y serás de
nuevo una sirena, podrás saltar al mar y vivir tus
trescientos años antes de convertirte en salada y muerta
espuma. ¡Apresúrate! Él o tú debéis morir antes de
que salga el sol. Nuestra anciana abuela está tan
triste, que se le ha caído la blanca cabellera, del
mismo modo que nosotras hemos perdido la nuestra bajo las
tijeras de la bruja. ¡Mata al príncipe y vuelve con
nosotras! Date prisa, ¿no ves aquellas fajas rojas en el
cielo? Dentro de breves minutos aparecerá el sol y
morirás-. Y, con un hondo suspiro, se hundieron en las
olas.
La sirenita descorrió el tapiz púrpura que cerraba la
tienda y vio a la bella desposada dormida con la cabeza
reclinada sobre el pecho del príncipe. Se inclinó,
besó la hermosa frente de su amado, miró al cielo donde
lucía cada vez más intensamente la aurora, miró luego
el afilado cuchillo y volvió a fijar los ojos en su
príncipe, que en sueños, pronunciaba el nombre de su
esposa; sólo ella ocupaba su pensamiento. La sirena
levantó el cuchillo con mano temblorosa, y lo arrojó a
las olas con un gesto violento. En el punto donde fue a
caer pareció como si gotas de sangre brotaran del agua.
Nuevamente miró a su amado con desmayados ojos y,
arrojándose al mar, sintió cómo su cuerpo se disolvía
en espuma.
Asomó el sol en el horizonte; sus rayos se proyectaron
suaves y tibios sobre aquella espuma fría, y la sirenita
se sintió libre de la muerte; veía el sol reluciente, y
por encima de ella flotaban centenares de transparentes
seres bellísimos; a su través podía divisar las
blancas velas del barco y las rojas nubes que surcaban el
firmamento. El lenguaje de aquellos seres era melodioso,
y tan espiritual, que ningún oído humano podía oírlo,
ni ningún humano ojo ver a quienes lo hablaban; sin
moverse se sostenían en el aire, gracias a su ligereza.
La pequeña sirena vio que, como ellos, tenía un cuerpo,
que se elevaba gradualmente del seno de la espuma.
- ¿Adónde voy? - preguntó; y su voz resonó como la de
aquellas criaturas, tan melodiosa, que ninguna música
terrena habría podido reproducirla.
- A reunirte con las hijas del aire -respondieron las
otras. - La sirena no tiene un alma inmortal, ni puede
adquirirla si no es por mediación del amor de un hombre;
su eterno destino depende de un poder ajeno. Tampoco
tienen alma inmortal las hijas del aire, pero pueden
ganarse una con sus buenas obras. Nosotras volamos hacia
las tierras cálidas, donde el aire bochornoso y
pestífero mata a los seres humanos; nosotras les
procurarnos frescor. Esparcimos el aroma de las flores y
enviamos alivio y curación. Cuando hemos laborado por
espacio de trescientos años, esforzándonos por hacer
todo el bien posible, nos es concedida un alma inmortal y
entramos a participar de la felicidad eterna que ha sido
concedida a los humanos. Tú, pobrecilla sirena, te has
esforzado con todo tu corazón, como nosotras; has
sufrido, y sufrido con paciencia, y te has elevado al
mundo de los espíritus del aire: ahora puedes procurarte
un alma inmortal, a fuerza de buenas obras, durante
trescientos años.
La sirenita levantó hacia el sol sus brazos
transfigurados, y por primera vez sintió que las
lágrimas asomaban a sus ojos. A bordo del buque reinaba
nuevamente el bullicio y la vida; la sirena vio al
príncipe y a su bella esposa que la buscaban,
escudriñando con melancólica mirada la burbujeante
espuma, como si supieran que se había arrojado a las
olas. Invisible, besó a la novia en la frente y,
enviando una sonrisa al príncipe, elevóse con los
demás espíritus del aire a las regiones etéreas, entre
las rosadas nubes, que surcaban el cielo.
- Dentro de trescientos años nos remontaremos de este
modo al reino de Dios.
- Podemos llegar a él antes -susurró una de sus
compañeras-. Entramos volando, invisibles, en las
moradas de los humanos donde hay niños, y por cada día
que encontramos a uno bueno, que sea la alegría de sus
padres y merecedor de su cariño, Dios abrevia nuestro
período de prueba. El niño ignora cuándo entramos en
su cuarto, y si nos causa gozo y nos hace sonreír, nos
es descontado un año de los trescientos; pero si damos
con un chiquillo malo y travieso, tenemos que verter
lágrimas de tristeza, y por cada lágrima se nos aumenta
en un día el tiempo de prueba.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


