La sirenita
Continuación
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Al amanecer, la tempestad se había
calmado, pero del barco no se veía el menor resto; el
sol se elevó, rojo y brillante, del seno del mar, y
pareció como si las mejillas del príncipe recobrasen la
vida, aunque sus ojos permanecían cerrados. La sirena
estampó un beso en su hermosa y despejada frente y le
apartó el cabello empapado; entonces lo encontró
parecido a la estatua de mármol de su jardincito;
volvió a besarlo, deseosa de que viviese.
La tierra firme apareció ante ella: altas montañas
azules, en cuyas cimas resplandecía la blanca nieve,
como cisnes allí posados; en la orilla se extendían
soberbios bosques verdes, y en primer término había un
edificio que no sabía lo que era, pero que podía ser
una iglesia o un convento. En su jardín crecían
naranjos y limoneros, y ante la puerta se alzaban grandes
palmeras. El mar formaba una pequeña bahía, resguardada
de los vientos, pero muy profunda, que se alargaba hasta
unas rocas cubiertas de fina y blanca arena. A ella se
dirigió con el bello príncipe y, depositándolo en la
playa, tuvo buen cuidado de que la cabeza quedase bañada
por la luz del sol.
Las campanas estaban doblando en el gran edificio blanco,
y un grupo de muchachas salieron al jardín. Entonces la
sirena se alejó nadando hasta detrás de unas altas
rocas que sobresalían del agua, y, cubriéndose la
cabeza y el pecho de espuma del mar para que nadie
pudiese ver su rostro, se puso a espiar quién se
acercaría al pobre príncipe.
Al poco rato llegó junto a él una de las jóvenes, que
pareció asustarse grandemente, pero sólo por un
momento. Fue en busca de sus compañeras, y la sirena vio
cómo el príncipe volvía a la vida y cómo sonreía a
las muchachas que lo rodeaban; sólo a ella no te
sonreía, pues ignoraba que lo había salvado. Sintióse
muy afligida, y cuando lo vio entrar en el vasto
edificio, se sumergió tristemente en el agua y regresó
al palacio de su padre.
Siempre había sido de temperamento taciturno y caviloso,
pero desde aquel día lo fue más aún. Sus hermanas le
preguntaron qué había visto en su primera salida, mas
ella no les contó nada.
Muchas veces a la hora del ocaso o del alba se remontó
al lugar donde había dejado al príncipe. Vio cómo
maduraban los frutos del jardín y cómo eran recogidos;
vio derretirse la nieve de las altas montañas, pero
nunca al príncipe; por eso cada vez volvía a palacio
triste y afligida. Su único consuelo era sentarse en el
jardín, enlazando con sus brazos la hermosa estatua de
mármol, aquella estatua que se parecía al guapo doncel;
pero dejó de cuidar sus flores, que empezaron a crecer
salvajes, invadiendo los senderos y entrelazando sus
largos tallos y hojas en las ramas de los árboles, hasta
tapar la luz por completo.
Por fin, incapaz de seguir guardando el secreto, lo
comunicó a una de sus hermanas, y muy pronto lo supieron
las demás; pero, aparte ellas y unas pocas sirenas de su
intimidad, nadie más se enteró de lo ocurrido. Una de
las amigas pudo decirle quién era el príncipe, pues
había presenciado también la fiesta del barco y sabía
cuál era su patria y dónde se hallaba su palacio.
- Ven, hermanita -dijeron las demás princesas, y pasando
cada una el brazo en torno a los hombros de la otra,
subieron en larga hilera a la superficie del mar, en el
punto donde sabían que se levantaba el palacio del
príncipe.
Estaba construido de una piedra brillante, de color
amarillo claro, con grandes escaleras de mármol, una de
las cuales bajaba hasta el mismo mar. Magníficas
cúpulas doradas se elevaban por encima del tejado, y
entre las columnas que rodeaban el edificio había
estatuas de mármol que parecían tener vida. A través
de los nítidos cristales de las altas ventanas podían
contemplarse los hermosísimos salones adornados con
preciosos tapices y cortinas de seda, y con grandes
cuadros en las paredes; una delicia para los ojos.
En el salón mayor, situado en el centro, murmuraba un
grato surtidor, cuyos chorros subían a gran altura hacia
la cúpula de cristales, a través de la cual la luz del
sol llegaba al agua y a las hermosas plantas que crecían
en la enorme pila.
Desde que supo dónde residía el príncipe, se dirigía
allí muchas tardes y muchas noches, acercándose a
tierra mucho más de lo que hubiera osado cualquiera de
sus hermanas; incluso se atrevía a remontar el canal que
corría por debajo de la soberbia terraza levantada sobre
el agua. Se sentaba allí y se quedaba contemplando a su
amado, el cual creía encontrarse solo bajo la clara luz
de la luna.
Varias noches lo vio navegando en su preciosa barca, con
música y con banderas ondeantes; ella escuchaba desde
los verdes juncales, y si el viento acertaba a cogerle el
largo velo plateado haciéndolo visible, él pensaba que
era un cisne con las alas desplegadas.
Muchas noches que los pescadores se hacían a la mar con
antorchas encendidas, les oía encomiar los méritos del
joven príncipe, y entonces se sentía contenta de
haberle salvado la vida, cuando flotaba medio muerto, a
merced de las olas; y recordaba cómo su cabeza había
reposado en su seno, y con cuánto amor lo había besado
ella. Pero él lo ignoraba; ni en sueños la conocía.
Cada día iba sintiendo más afecto por los hombres; cada
vez sentía mayores deseos de subir hasta ellos, hasta su
mundo, que le parecía mucho más vasto que el propio:
podían volar en sus barcos por la superficie marina,
escalar montañas más altas que las nubes; poseían
tierras cubiertas de bosques y campos, que se extendían
mucho más allá de donde alcanzaba la vista. Había
muchas cosas que hubiera querido saber, pero sus hermanas
no podían contestar a todas sus preguntas. Por eso
acudió a la abuela, la cual conocía muy bien aquel
mundo superior, que ella llamaba, con razón, los países
sobre el mar.
- Suponiendo que los hombres no se ahoguen -preguntó la
pequeña sirena-, ¿viven eternamente? ¿No mueren como
nosotras, los seres submarinos?
- Sí, dijo la abuela -, ellos mueren también, y su vida
es más breve todavía que la nuestra. Nosotras podemos
alcanzar la edad de trescientos años, pero cuando
dejamos de existir nos convertimos en simple espuma, que
flota sobre el agua, y ni siquiera nos queda una tumba
entre nuestros seres queridos. No poseemos un alma
inmortal, jamás renaceremos; somos como la verde caña:
una vez la han cortado, jamás reverdece. Los humanos, en
cambio, tienen un alma, que vive eternamente, aun
después que el cuerpo se ha transformado en tierra; un
alma que se eleva a través del aire diáfano hasta las
rutilantes estrellas. Del mismo modo que nosotros
emergemos del agua y vemos las tierras de los hombres,
así también ascienden ellos a sublimes lugares
desconocidos, que nosotros no veremos nunca.
- ¿Por qué no tenemos nosotras un alma inmortal?
-preguntó, afligida, la pequeña sirena-. Gustosa
cambiaría yo mis centenares de años de vida por ser
sólo un día una persona humana y poder participar luego
del mundo celestial.
- ¡No pienses en eso! -dijo la vieja-. Nosotras somos
mucho más dichosas y mejores que los humanos de allá
arriba.
- Así, pues, ¿moriré y vagaré por el mar convertida
en espuma, sin oír la música de las olas, ni ver las
hermosas flores y el rojo globo del sol? ¿No podría
hacer nada para adquirir un alma inmortal?
- No -dijo la abuela-. Hay un medio, sí, pero es casi
imposible: sería necesario que un hombre te quisiera con
un amor mas intenso del que tiene a su padre y su madre;
que se aferrase a ti con todas sus potencias y todo su
amor, e hiciese que un sacerdote enlazase vuestras manos,
prometiéndote fidelidad aquí y para toda la eternidad.
Entonces su alma entraría en tu cuerpo, y tú también
tendrías parte en la bienaventuranza reservada a los
humanos. Te daría alma sin perder por ello la suya. Pero
esto jamás podrá suceder. Lo que aquí en el mar es
hermoso, me refiero a tu cola de pez, en la tierra lo
encuentran feo. No sabrían comprenderlo; para ser
hermosos, ellos necesitan dos apoyos macizos, que llaman
piernas.
La pequeña sirena consideró con un suspiro su cola de
pez.
- No nos pongamos tristes -la animó la vieja-. Saltemos
y brinquemos durante los trescientos años que tenemos de
vida. Es un tiempo muy largo; tanto mejor se descansa
luego. Esta noche celebraremos un baile de gala.
La fiesta fue de una magnificencia como nunca se ve en la
tierra. Las paredes y el techo del gran salón eran de
grueso cristal, pero transparente. Centenares de enormes
conchas, color de rosa y verde, se alineaban a uno y otro
lado con un fuego de llama azul que iluminaba toda la
sala y proyectaba su luz al exterior, a través de las
paredes, y alumbraba el mar, permitiendo ver los
innúmeros peces, grandes y chicos, que nadaban junto a
los muros de cristal: unos, con brillantes escamas
purpúreas; otros, con reflejos dorados y plateados. Por
el centro de la sala fluía una ancha corriente, y en
ella bailaban los moradores submarinos al son de su
propio y delicioso canto; los humanos de nuestra tierra
no tienen tan bellas voces. La joven sirena era la que
cantaba mejor; los asistentes aplaudían, y por un
momento sintió un gozo auténtico en su corazón, al
percatarse de que poseía la voz más hermosa de cuantas
existen en la tierra y en el mar. Pero muy pronto volvió
a acordarse del mundo de lo alto; no podía olvidar al
apuesto príncipe, ni su pena por no tener como él un
alma inmortal. Por eso salió disimuladamente del palacio
paterno y, mientras en él todo eran cantos y regocijo,
se estuvo sentada en su jardincito, presa de la
melancolía.
En éstas oyó los sones de un cuerno que llegaban a
través del agua, y pensó: «De seguro que en estos
momentos está surcando las olas aquel ser a quien quiero
más que a mi padre y a mi madre, aquél que es dueño de
todos mis pensamientos y en cuya mano quisiera yo
depositar la dicha de toda mi vida. Lo intentaré todo
para conquistarlo y adquirir un alma inmortal. Mientras
mis hermanas bailan en el palacio, iré a la mansión de
la bruja marina, a quien siempre tanto temí; pero tal
vez ella me aconseje y me ayude».
Y la sirenita se encaminó hacia el rugiente torbellino,
tras el cual vivía la bruja. Nunca había seguido aquel
camino, en el que no crecían flores ni algas; un suelo
arenoso, pelado y gris, se extendía hasta la fatídica
corriente, donde el agua se revolvía con un estruendo
semejante al de ruedas de molino, arrastrando al fondo
todo lo que se ponía a su alcance. Para llegar a la
mansión de la hechicera, nuestra sirena debía atravesar
aquellos siniestros remolinos; y en un largo trecho no
había mas camino que un cenagal caliente y burbujeante,
que la bruja llamaba su turbera. Detrás estaba su casa,
en medio de un extraño bosque. Todos los árboles y
arbustos eran pólipos, mitad animales, mitad plantas;
parecían serpientes de cien cabezas salidas de la
tierra; las ramas eran largos brazos viscosos, con dedos
parecidos a flexibles gusanos, y todos se movían desde
la raíz hasta la punta. Rodeaban y aprisionaban todo lo
que se ponía a su alcance, sin volver ya a soltarlo. La
sirenita se detuvo aterrorizada; su corazón latía de
miedo y estuvo a punto de volverse; pero el pensar en el
príncipe y en el alma humana le infundió nuevo valor.
Atóse firmemente alrededor de la cabeza el largo cabello
flotante para que los pólipos no pudiesen agarrarlo,
dobló las manos sobre el pecho y se lanzó hacia delante
como sólo saben hacerlo los peces, deslizándose por
entre los horribles pólipos que extendían hacia ella
sus flexibles brazos y manos. Vio cómo cada uno
mantenía aferrado, con cien diminutos apéndices
semejantes a fuertes aros de hierro, lo que había
logrado sujetar. Cadáveres humanos, muertos en el mar y
hundidos en su fondo, salían a modo de blancos
esqueletos de aquellos demoníacos brazos. Apresaban
también remos, cajas y huesos de animales terrestres;
pero lo más horrible era el cadáver de una sirena, que
habían capturado y estrangulado.
Llegó luego a un vasto pantano, donde se revolcaban
enormes serpientes acuáticas, que exhibían sus
repugnantes vientres de color blancoamarillento. En el
centro del lugar se alzaba una casa, construida con
huesos blanqueados de náufragos humanos; en ella moraba
la bruja del mar, que a la sazón se entretenía dejando
que un sapo comiese de su boca, de igual manera como los
hombres dan azúcar a un lindo canario. A las gordas y
horribles serpientes acuáticas las llamaba sus polluelos
y las dejaba revolcarse sobre su pecho enorme y cenagoso.
- Ya sé lo que quieres -dijo la bruja-. Cometes una
estupidez, pero estoy dispuesta a satisfacer tus deseos,
pues te harás desgraciada, mi bella princesa. Quieres
librarte de la cola de pez, y en lugar de ella tener dos
piernas para andar como los humanos, para que el
príncipe se enamore de ti y, con su amor, puedas obtener
un alma inmortal -. Y la bruja soltó una carcajada, tan
ruidosa y repelente, que los sapos y las culebras cayeron
al suelo, en el que se pusieron a revolcarse. - Llegas
justo a tiempo -prosiguió la bruja-, pues de haberlo
hecho mañana a la hora de la salida del sol, deberías
haber aguardado un año, antes de que yo pudiera
ayudarte. Te prepararé un brebaje con el cual te
dirigirás a tierra antes de que amanezca. Una vez allí,
te sentarás en la orilla y lo tomarás, y en seguida te
desaparecerá la cola, encogiéndose y transformándose
en lo que los humanos llaman piernas; pero te va a doler,
como si te rajasen con una cortante espada. Cuantos te
vean dirán que eres la criatura humana más hermosa que
han contemplado. Conservarás tu modo de andar oscilante;
ninguna bailarina será capaz de balancearse como tú,
pero a cada paso que des te parecerá que pisas un
afilado cuchillo y que te estás desangrando. Si estás
dispuesta a pasar por todo esto, te ayudaré.
-Sí -exclamó la joven sirena con voz palpitante,
pensando en el príncipe y en el alma inmortal.
- Pero ten en cuenta -dijo la bruja- que una vez hayas
adquirido figura humana, jamás podrás recuperar la de
sirena. Jamás podrás volver por el camino del agua a
tus hermanas y al palacio de tu padre; y si no conquistas
el amor del príncipe, de tal manera que por ti se olvide
de su padre y de su madre, se aferre a ti con alma y
cuerpo y haga que el sacerdote una vuestras manos,
convirtiéndoos en marido y mujer, no adquirirás un alma
inmortal. La primera mañana después de su boda con
otra, se partirá tu corazón y te convertirás en espuma
flotante en el agua.
- ¡Acepto! -contestó la sirena, pálida como la muerte.
- Pero tienes que pagarme -prosiguió la bruja-, y el
precio que te pido no es poco. Posees la más hermosa voz
de cuantas hay en el fondo del mar, y con ella piensas
hechizarle. Pues bien, vas a darme tu voz. Por mi
precioso brebaje quiero lo mejor que posees. Yo tengo que
poner mi propia sangre, para que el filtro sea cortante
como espada de doble filo.
- Pero si me quitas la voz, ¿qué me queda? -preguntó
la sirena.
- Tu bella figura -respondió la bruja-, tu paso
cimbreante y tus expresivos ojos. Con todo esto puedes
turbar el corazón de un hombre. Bien, ¿has perdido ya
el valor?. Saca la lengua y la cortaré, en pago del
milagroso brebaje.
- ¡Sea, pues! -dijo la sirena; y la bruja dispuso su
caldero para preparar el filtro.
- La limpieza es buena cosa -dijo, fregando el caldero
con las serpientes después de hacer un nudo con ellas;
luego, arañándose el pecho hasta que asomó su negra
sangre, echó unas gotas de ella en el recipiente. El
vapor dibujaba las figuras más extraordinarias, capaces
de infundir miedo al corazón más audaz. La bruja no
cesaba de echar nuevos ingredientes al caldero, y cuando
ya la mezcla estuvo en su punto de cocción, produjo un
sonido semejante al de un cocodrilo que llora. Quedó al
fin listo el brebaje, el cual tenía el aspecto de agua
clarísima.
- Ahí lo tienes -dijo la bruja, y, entregándoselo a la
sirena, le cortó la lengua, con lo que ésta quedó
muda, incapaz de hablar y de cantar.
- Si los pólipos te apresan cuando atravieses de nuevo
mi bosque -dijo la hechicera-, arrójales una gotas de
este elixir y verás cómo sus brazos y dedos caen
deshechos en mil pedazos -. Pero no fue necesario acudir
a aquel recurso, pues los pólipos se apartaron
aterrorizados al ver el brillante brebaje que la sirena
llevaba en la mano, y que relucía como si fuese una
estrella. Así cruzó rápidamente el bosque, el pantano
y el rugiente torbellino.
Veía el palacio de su padre; en la gran sala de baile
habían apagado las antorchas; seguramente todo el mundo
estaría durmiendo. Sin embargo, no se atrevió a llegar
hasta él, pues era muda y quería marcharse de allí
para siempre. Parecióle que el corazón le iba a
reventar de pena. Entró quedamente en el jardín, cortó
una flor de cada uno de los arriates de sus hermanas y,
enviando al palacio mil besos con la punta de los dedos,
se remontó a través de las aguas azules.

Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959