Pulgarcita
Continuación
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Pulgarcita tuvo que echar mano del
huso, y el ratón contrató a cuatro arañas, que
hilaban y tejían para ella día y noche. Cada velada
venía de visita el topo, y siempre hablaba de lo mismo:
que cuando terminase el verano, el sol no quemaría
tanto; que la tierra dejaría de arder y de estar dura
como una piedra; y que entonces se celebraría la boda.
Mas Pulgarcita no se alegraba ni pizca, pues no podía
sufrir al aburrido topo. Cada mañana, a la hora de salir
el sol, y cada atardecer, a la hora de ponerse, se
deslizaba fuera, sin hacer ruido, y cuando el viento
separaba las espigas, descubriendo el cielo azul, la
niña pensaba en lo precioso que debía ser todo aquel
mundo de luz, y sentía un gran deseo de volver a ver a
su golondrina; pero ésta nunca acudía; indudablemente,
estaría muy lejos, en el verde bosque.
Al llegar el otoño, Pulgarcita tenía listo su ajuar.
- Dentro de cuatro semanas será la boda -dijo el ratón.
Pero la pequeña, prorrumpiendo a llorar, manifestó que
no quería al pesado topo.
- ¡Tonterías! -replicó el ratón-. No te pongas terca
o te morderé con mi diente blanco. ¡Despreciar a un
hombre tan guapo! ¡Ni la reina tiene un abrigo de
terciopelo negro como el suyo! Y no hablemos de su cocina
y su despensa, que son lo mejor de lo mejor. Tendrías
que dar gracias a Dios por la suerte que tienes.
Llegó el día de la boda. El topo se presentó a buscar
a Pulgarcita, para llevársela a vivir con él debajo de
la tierra, donde ya no volvería a ver la luz del día, a
la que él tenía horror. La pobrecilla estaba desolada.
Quiso salir a despedirse del sol, que bañaba aún la
puerta de la casa del ratón.
- ¡Adiós, sol de mi vida! -exclamó, y, levantando el
cielo los brazos, avanzó unos pasos por el campo, segado
ya y cubierto solamente por los secos rastrojos ¡Adiós,
adiós! -repitió, abrazando una florecita roja que
crecía en el lugar-. Saluda de mi parte a mi querida
golondrina si acertares a verla.
- ¡Quivit, quivit! -oyó en aquel mismo instante encima
de su cabeza, y, al levantar los ojos, divisó a la
golondrina que pasaba volando. ¡Qué alegría la de
Pulgarcita, cuando la reconoció! Le contó cuán a
disgusto se casaba con el feo topo, y cómo tendría que
vivir bajo tierra, donde no vería jamás la luz del sol.
Y mientras hablaba no podía contener las lágrimas.
- Se acerca el frío invierno -dijo la golondrina-, me
marcho a países más cálidos. ¿Quieres venirte
conmigo? ¡Móntate en mi espalda! Te atas con el
cinturón y huiremos del horrible topo y de su oscura
madriguera; cruzaremos las montañas en busca de tierras
calurosas, donde el sol es aún más brillante que aquí,
donde reina un eterno verano y crecen flores magníficas.
¡Vente conmigo, mi querida Pulgarcita, que me salvaste
la vida cuando yacía como muerta en el tenebroso
subterráneo!
- ¡Sí, me voy contigo! -dijo Pulgarcita. Se sentó
sobre el dorso del pájaro, apoyando los pies en sus alas
desplegadas, ató el cinturón a una de las plumas más
resistentes y la golondrina echó a volar, remontándose
en el aire, a través de bosques y mares, por encima de
montañas eternamente cubiertas de nieve. La niña
tiritaba en aquel aire tan frío, por lo que se escurrió
bajo las calientes plumas del ave, asomando únicamente
la cabeza para poder seguir admirando las bellezas que se
desplegaban al fondo.
Y llegaron a las tierras cálidas, donde el sol brilla
mucho más esplendoroso que aquí, el cielo parece mucho
más alto, y en los ribazos y setos crecen hermosísimos
racimos verdes y rojos. En los bosques penden limones y
naranjas, impregna el aire una fragancia de mirtos y
menta, y por los caminos corretean niños encantadores,
jugando con grandes y abigarradas mariposas. Pero la
golondrina proseguía su vuelo, y cada vez era el
espectáculo más bello. En mitad de un bosquecillo de
majestuosos árboles verdes, al borde de un lago azul,
levantábase un soberbio palacio de mármol blanco,
construido en tiempos antiguos. Trepaban parras por sus
altas columnas, y en la cima de ellas había muchos nidos
de golondrina; uno era la morada de la que transportaba a
Pulgarcita.
- Ésta es mi casa -dijo el ave-. Pero si prefieres
buscarte una para ti en las flores que crecen en el
suelo, te bajaré hasta él y lo pasarás a las mil
maravillas.
- ¡Qué hermosura! -exclamó Pulgarcita, dando una
palmada con sus manitas minúsculas.
Yacía allí una gran columna blanca, que se había
desplomado y roto en tres pedazos, entre los cuales
crecían exquisitas flores, blancas también. La
golondrina descendió con Pulgarcita a cuestas y la
depositó sobre uno de sus anchos pétalos. Pero, ¡qué
sorpresa! En el cáliz de la flor había un hombrecillo
blanco y transparente, como de cristal; llevaba en la
cabeza una lindísima corona de oro, y de sus hombros
salían dos diáfanas alas; y el personajillo no era
mayor que Pulgarcita. Era el ángel de la flor. En cada
una moraba uno de aquellos enanitos, varón o hembra;
pero aquel era el rey de todos.
- ¡Dios mío, y qué hermoso! - susurró Pulgarcita al
oído de la golondrina. El principito tuvo un susto al
ver al pájaro, que era enorme en comparación con él,
tan menudo y delicado; pero al descubrir a Pulgarcita
quedó encantado: era la muchacha más bonita de cuantas
viera jamás. Se quitó de la cabeza la corona de oro y
la puso en la de ella, al tiempo que le preguntaba su
nombre y si quería casarse con él. Si aceptaba, sería
la reina de todas las flores. ¡Qué diferencia entre
este pretendiente y el hijo del sapo, y el topo de la
pelliza negra! Dijo, pues, que sí al apuesto príncipe,
y entonces salió de cada flor una dama o un caballero,
tan gentiles que daba gozo verlos. Cada uno trajo un
regalo a Pulgarcita, pero el mejor de todos fue un par de
hermosas alas que le ofreció una gran mosca blanca; las
aplicaron a la espalda de Pulgarcita, y en adelante
también ella pudo volar de flor en flor. Hubo gran
regocijo, y la golondrina, desde su nido, les dedicó sus
más bellos cantos, aunque en el fondo estaba triste,
pues quería de todo corazón a Pulgarcita y la apenaba
tener que separarse de ella.
- Ya no te llamarás Pulgarcita -dijo a la niña el
ángel de las flores-. Es un nombre muy feo, y tú eres
muy bonita. Te llamaremos Maya.
- ¡Adiós, adiós! -cantó la golondrina emprendiendo de
nuevo el vuelo con rumbo a Dinamarca, donde tenía un
nidito encima de la ventana de la casa de aquel hombre
que tantos cuentos sabe. Saludólo con su «¡quivit,
quivit! », y así es como conocemos toda esta historia.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


