Pulgarcita
Continuación
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- ¡Sólo tiene dos piernas; qué
miseria!-. ¡No tiene antenas! -observó otra-. ¡Qué
talla más delgada, parece un hombre! ¡Uf, que fea!
-decían todas las abejorras.
Y, sin embargo, Pulgarcita era lindísima. Así lo
pensaba también
el abejorro que la había raptado; pero viendo que todos
los demás
decían que era fea, acabó por creérselo y ya no la
quiso. Podía marcharse adonde le apeteciera. La bajó,
pues, al pie del árbol, y la depositó sobre una
margarita. La pobre se quedó llorando, pues era tan
fea que ni los abejorros querían saber nada de ella. Y
la verdad es que no se ha visto cosa más bonita,
exquisita y límpida, tanto como el más bello pétalo de
rosa.
Todo el verano se pasó la pobre Pulgarcita completamente
sola en el inmenso bosque. Trenzóse una cama con tallos
de hierbas, que suspendió de una hoja de acedera, para
resguardarse de la lluvia; para comer recogía néctar de
las flores y bebía del rocío que todas las mañanas se
depositaba en las hojas. Así transcurrieron el verano y
el otoño; pero luego vino el invierno, el frío y largo
invierno. Los pájaros, que tan armoniosamente habían
cantado, se marcharon; los árboles y las flores se
secaron; la hoja de acedera que le había servido de
cobijo se arrugó y contrajo, y sólo quedó un tallo
amarillo y marchito. Pulgarcita pasaba un frío horrible,
pues tenía todos los vestidos rotos; estaba condenada a
helarse, frágil y pequeña como era. Comenzó a nevar, y
cada copo de nieve que le caía encima era como si a
nosotros nos echaran toda una palada, pues nosotros somos
grandes, y ella apenas medía una pulgada. Envolvióse en
una hoja seca, pero no conseguía entrar en calor;
tiritaba de frío.
Junto al bosque extendíase un gran campo de trigo; lo
habían segado hacía tiempo, y sólo asomaban de la
tierra helada los rastrojos desnudos y secos. Para la
pequeña era como un nuevo bosque, por el que se
adentró, y ¡cómo tiritaba! Llegó frente a la puerta
del ratón de campo, que tenía un agujerito debajo de
los rastrojos. Allí vivía el ratón, bien calentito y
confortable, con una habitación llena de grano, una
magnífica cocina y un comedor. La pobre Pulgarcita
llamó a la puerta como una pordiosera y pidió un
trocito de grano de cebada, pues llevaba dos días sin
probar bocado. .
-¡Pobre pequeña! -exclamó el ratón, que era ya viejo,
y bueno en el fondo-, entra en mi casa, que está bien
caldeada y comerás conmigo-. Y como le fuese simpática
Pulgarcita, le dijo: - Puedes pasar el invierno aquí, si
quieres cuidar de la limpieza de mi casa, y me explicas
cuentos, que me gustan mucho.
Pulgarcita hizo lo que el viejo ratón le pedía y lo
pasó la mar de bien.
- Hoy tendremos visita -dijo un día el ratón-. Mi
vecino suele venir todas las semanas a verme. Es aún
más rico que yo; tiene grandes salones y lleva una
hermosa casaca de terciopelo negro. Si lo quisieras por
marido nada te faltaría. Sólo que es ciego; habrás de
explicarle las historias más bonitas que sepas.
Pero a Pulgarcita le interesaba muy poco el vecino, pues
era un topo.
Éste vino, en efecto, de visita, con su negra casaca de
terciopelo. Era rico e instruido, dijo el ratón de
campo; tenía una casa veinte veces mayor que la suya.
Ciencia poseía mucha, mas no podía sufrir el sol ni las
bellas flores, de las que hablaba con desprecio, pues no,
las había visto nunca.
Pulgarcita hubo de cantar, y entonó «El abejorro echó
a volar» y «El fraile descalzo va campo a través». El
topo se enamoró de la niña por su hermosa voz, pero
nada dijo, pues era circunspecto.
Poco antes había excavado una larga galería
subterránea desde su casa a la del vecino e invitó al
ratón y a Pulgarcita a pasear por ella siempre que les
viniese en gana. Advirtióles que no debían asustarse
del pájaro muerto que yacía en el corredor; era un
pájaro entero, con plumas y pico, que seguramente había
fallecido poco antes y estaba enterrado justamente en el
lugar donde habla abierto su galería.
El topo cogió con la boca un pedazo de madera podrida,
pues en la oscuridad reluce como fuego, y, tomando la
delantera, les alumbró por el largo y oscuro pasillo. Al
llegar al sitio donde yacía el pájaro muerto, el topo
apretó el ancho hocico contra el techo y, empujando la
tierra, abrió un orificio para que entrara luz. En el
suelo había una golondrina muerta, las hermosas alas
comprimidas contra el cuerpo, las patas y la cabeza
encogidas bajo el ala. La infeliz avecilla había muerto
de frío. A Pulgarcita se le encogió el corazón, pues
quería mucho a los pajarillos, que durante todo el
verano habían estado cantando y gorjeando a su
alrededor. Pero el topo, con su corta pata, dio un
empujón a la golondrina y dijo:
- Ésta ya no volverá a chillar. ¡Qué pena, nacer
pájaro! A Dios gracias, ninguno de mis hijos lo será.
¿Qué tienen estos desgraciados, fuera de su quivit,
quivit? ¡Vaya hambre la que pasan en invierno!
- Habláis como un hombre sensato -asintió el ratón-.
¿De qué le sirve al pájaro su canto cuando llega el
invierno? Para morir de hambre y de frío, ésta es la
verdad; pero hay quien lo considera una gran cosa.
Pulgarcita no dijo esta boca es mía, pero cuando los
otros dos hubieron vuelto la espalda, se inclinó sobre
la golondrina y, apartando las plumas que le cubrían la
cabeza, besó sus ojos cerrados.
«¡Quién sabe si es aquélla que tan alegremente
cantaba en verano!», pensó. «¡Cuántos buenos ratos
te debo, mi pobre pajarillo!».
El topo volvió, a tapar el agujero por el que entraba la
luz del día y acompañó a casa a sus vecinos. Aquella
noche Pulgarcita no pudo pegar un ojo; saltó, pues, de
la cama y trenzó con heno una grande y bonita manta, que
fue a extender sobre el avecilla muerta; luego la arropó
bien, con blanco algodón que encontró en el cuarto de
la rata, para que no tuviera frío en la dura tierra.
- ¡Adiós, mi pajarito! -dijo-. Adiós y gracias por las
canciones con que me alegrabas en verano, cuando todos
los árboles estaban verdes y el sol nos calentaba con
sus rayos.
Aplicó entonces la cabeza contra el pecho del pájaro y
tuvo un estremecimiento; parecióle como si algo latiera
en él. Y, en efecto, era el corazón, pues la golondrina
no estaba muerta, y sí sólo entumecida. El calor la
volvía a la vida.
En otoño, todas las golondrinas se marchan a otras
tierras más cálidas; pero si alguna se retrasa, se
enfría y cae como muerta. Allí se queda en el lugar
donde ha caído, y la helada nieve la cubre.
Pulgarcita estaba toda temblorosa del susto, pues el
pájaro era enorme en comparación con ella, que no
medía sino una pulgada. Pero cobró ánimos, puso más
algodón alrededor de la golondrina, corrió a buscar una
hoja de menta que le servía de cubrecama, y la extendió
sobre la cabeza del ave.
A la noche siguiente volvió a verla y la encontró viva,
pero extenuada; sólo tuvo fuerzas para abrir los ojos y
mirar a Pulgarcita, quien, sosteniendo en la mano un
trocito de madera podrida a falta de linterna, la estaba
contemplando.
- ¡Gracias, mi linda pequeñuela! -murmuró la
golondrina enferma-. Ya he entrado en calor; pronto
habré recobrado las fuerzas y podré salir de nuevo a
volar bajo los rayos del sol.
- ¡Ay! -respondió Pulgarcita-, hace mucho frío allá
fuera; nieva y hiela. Quédate en tu lecho calentito y yo
te cuidaré.
Le trajo agua en una hoja de flor para que bebiese.
Entonces la golondrina le contó que se había lastimado
un ala en una mata espinosa, y por eso no pudo seguir
volando con la ligereza de sus compañeras, las cuales
habían emigrado a las tierras cálidas. Cayó al suelo,
y ya no recordaba nada más, ni sabía cómo había ido a
parar allí.
El pájaro se quedó todo el invierno en el subterráneo,
bajo los amorosos cuidados de Pulgarcita, sin que lo
supieran el topo ni el ratón, pues ni uno ni otro
podían sufrir a la golondrina.
No bien llegó la primavera y el sol comenzó a calentar
la tierra, la golondrina se despidió de Pulgarcita, la
cual abrió el agujero que había hecho el topo en el
techo de la galería. Entró por él un hermoso rayo de
sol, y la golondrina preguntó a la niñita si quería
marcharse con ella; podría montarse sobre su espalda, y
las dos se irían lejos, al verde bosque. Mas Pulgarcita
sabía que si abandonaba al ratón le causaría mucha
pena.
- No, no puedo -dijo.
- ¡Entonces adiós, adiós, mi linda pequeña! -exclamó
la golondrina, remontando el vuelo hacia la luz del sol.
Pulgarcita la miró partir, y las lágrimas le vinieron a
los ojos; pues le había tomado mucho afecto.
- ¡Quivit, quivit! -chilló la golondrina, emprendiendo
el vuelo hacia el bosque. Pulgarcita se quedó sumida en
honda tristeza. No le permitieron ya salir a tomar el
sol. El trigo que habían sembrado en el campo de encima
creció a su vez, convirtiéndose en un verdadero bosque
para la pobre criatura, que no medía más de una
pulgada.
- En verano tendrás que coserte tu ajuar de novia -le
dijo un día el ratón. Era el caso que su vecino, el
fastidioso topo de la negra pelliza, había pedido su
mano-. Necesitas ropas de lana y de hilo; has de tener
prendas de vestido y de cama, para cuando seas la mujer
del topo.

Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959