El patito feo
Continuación
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Y el patito se marchó; se fue al
agua, a nadar y zambullirse, pero, todos los animales lo
despreciaban por su fealdad.
Llegó el otoño: en el bosque, las hojas se volvieron
amarillas y pardas, y el viento las arrancaba y
arremolinaba, mientras el aire iba enfriándose por
momentos; cerníanse las nubes, llenas de granizo y
nieve, y un cuervo, posado en la valla, gritaba: «¡au,
au!»,. de puro frío. Sólo de pensarlo le entran a uno
escalofríos. El pobre patito lo pasaba muy mal,
realmente.
Un atardecer, cuando el sol se ponía ya, llegó toda una
bandada de grandes y magníficas aves, que salieron de
entre los matorrales; nunca había visto nuestro pato
aves tan espléndidas. Su blancura deslumbraba y tenían
largos y flexibles cuellos; eran cisnes. Su chillido era
extraordinario, y, desplegando las largas alas
majestuosas, emprendieron el vuelo, marchándose de
aquellas tierras frías hacia otras más cálidas y hacia
lagos despejados. Eleváronse a gran altura, y el feo
patito experimentó una sensación extraña; giró en el
agua como una rueda, y, alargando el cuello hacia ellas,
soltó un grito tan fuerte y raro, que él mismo se
asustó. ¡Ay!, no podía olvidar aquellas aves hermosas
y felices, y en cuanto dejó de verlas, se hundió hasta
el fondo del pantano. Al volver a la superficie estaba
como fuera de sí. Ignoraba su nombre y hacia donde se
dirigían, y, no, obstante, sentía un gran afecto por
ellas, como no lo había sentido, por nadie. No las
envidiaba. ¡Cómo se le hubiera podido ocurrir el deseo
de ser como ellas! Habríase dado por muy satisfecho con
que lo hubiesen tolerado los patos, ¡pobrecillo!, feo
como era.
Era invierno, y el frío arreciaba; el patito se veía
forzado a nadar sin descanso para no entumecerse; mas,
por la noche, el agujero en que flotaba se reducía
progresivamente. Helaba tanto, que se podía oír el
crujido del hielo; el animalito tenía que estar moviendo
constantemente las patas para impedir que se cerrase el
agua, hasta que lo rindió el cansancio, y, al quedarse
quieto, lo aprisionó el hielo.
Por la mañana llegó un campesino, y, al darse cuenta de
lo ocurrido, rompió el hielo con un zueco y, cogiendo el
patito, lo llevó a su mujer. En la casa se reanimó el
animal. 
Los niños querían jugar con él, pero el patito,
creyendo que iban a maltratarlo, saltó asustado en medio
de la lechera, salpicando de leche toda la habitación.
La mujer se puso a gritar y a agitar las manos, con lo
que el ave se metió de un salto en la mantequera, y, de
ella, en el jarro de la leche ¡y yo qué sé dónde!
¡Qué confusión! La mujer lo perseguía gritando y
blandiendo las tenazas; los chiquillos corrían, saltando
por encima de los trastos, para cazarlo, entre risas y
barullo. Suerte que la puerta estaba abierta y pudo
refugiarse entre las ramas, en la nieve recién caída.
Allí se quedó, rendido.
Sería demasiado triste narrar todas las privaciones y la
miseria que hubo de sufrir nuestro patito durante aquel
duro invierno.
Lo pasó en el pantano, entre las cañas, y allí lo
encontró el sol cuando volvió el buen tiempo. Las
alondras cantaban, y despertó, espléndida, la
primavera.
Entonces el patito pudo batir de nuevo las alas, que
zumbaron con mayor intensidad que antes y lo sostuvieron
con más fuerza; y antes de que pudiera darse cuenta,
encontróse en un gran jardín, donde los manzanos
estaban en flor, y las fragantes lilas curvaban sus
largas ramas verdes sobre los tortuosos canales. ¡Oh,
aquello sí que era hermoso, con el frescor de la
primavera! De entre las matas salieron en aquel momento
tres preciosos cisnes aleteando y flotando levemente en
el agua. El patito reconoció a aquellas bellas aves y se
sintió acometido de una extraña tristeza.
- ¡Quiero irme con ellos, volar al lado de esas aves
espléndidas! Me matarán a picotazos por mi osadía: feo
como soy, no debería acercarme a ellos. Pero iré, pase
lo que pase. Mejor ser muerto por ellos que verme vejado
por los patos, aporreado por los pollos, rechazado por la
criada del corral y verme obligado a sufrir privaciones
en invierno-. Con un par de aletazos se posó en el agua,
y nadó hacia los hermosos cisnes. Éstos al verle,
corrieron a su encuentro con gran ruido de plumas. -
¡Matadme! -gritó el animalito, agachando la cabeza y
aguardando el golpe fatal. Pero, ¿qué es lo que vio
reflejado en la límpida agua? Era su propia imagen; vio
que no era un ave desgarbado, torpe y de color negruzco,
fea y repelente, sino un cisne como aquéllos.
¡Qué importa haber nacido en un corral de patos, cuando
se ha salido de un huevo de cisne!
Entonces recordó con gozo todas las penalidades y
privaciones pasadas; sólo ahora comprendía su
felicidad, ante la magnificencia que lo rodeaba.
Los cisnes mayores describían círculos a su alrededor,
acariciándolo con el pico.
Presentáronse luego en el jardín varios niños, que
echaron al agua pan y grano, y el más pequeño gritó:
- ¡Hay uno nuevo!
Y sus compañeros, alborozados, exclamaron también,
haciéndole coro:
- ¡Sí, ha venido uno nuevo!
Y todo fueron aplausos, y bailes, y brincos; y corriendo
luego al encuentro de sus padres, volvieron a poco con
pan y bollos, que echaron al agua, mientras exclamaban:
- El nuevo es el más bonito; ¡tan joven y precioso! -.
Y los cisnes mayores se inclinaron ante él.
Pero él se sentía avergonzado, y ocultó la cabeza bajo
el ala; no sabía qué hacer, ¡era tan feliz!, pero ni
pizca de orgulloso. Recordaba las vejaciones y
persecuciones de que había sido objeto, y he aquí que
ahora decían que era la más hermosa entre las aves
hermosas del mundo. Hasta las lilas bajaron sus ramas a
su encuentro, y el sol brilló, tibio y suave. Crujieron
entonces sus plumas, irguióse su esbelto cuello y,
rebosante el corazón, exclamó:
- ¡Cómo podía soñar tanta felicidad, cuando no era
más que un patito feo!.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


