El patito feo
Continuación
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Al fin huyó, saltando la cerca; los
pajarillos de la maleza se echaron a volar, asustados.
«¡Huyen porque soy feo!», dijo el pato, y, cerrando
los ojos, siguió corriendo a ciegas. Así llegó hasta
el gran pantano, donde habitaban los patos salvajes;
cansado y dolorido, pasó allí la noche.
Por la mañana, los patos salvajes, al levantar el vuelo,
vieron a su nuevo campañero: - ¿Quién eres? -le
preguntaron, y el patito, volviéndose en todas
direcciones, los saludó a todos lo mejor que supo.
- ¡Eres un espantajo! -exclamaron los patos-. Pero no nos
importa, con tal que no te cases en nuestra familia -.
¡El infeliz! Lo último que pensaba era en casarse,
dábase por muy satisfecho con que le permitiesen echarse
en el cañaveral y beber un poco de agua del pantano.
Así transcurrieron dos días, al cabo de los cuales se
presentaron dos gansos salvajes, machos los dos, para ser
más precisos. No hacía mucho que habían salido del
cascarón; por eso eran tan impertinentes.
- Oye, compadre -le dijeron-, eres tan feo que te
encontramos simpático. ¿Quieres venirte con nosotros y
emigrar? Cerca de aquí, en otro pantano, viven unas
gansas salvajes muy amables, todas solteras, y saben
decir «¡cuac!». A lo mejor tienes éxito, aun siendo
tan feo.
¡Pim, pam!, se oyeron dos estampidos: los dos machos
cayeron muertos en el cañaveral, y el agua se tiñó de
sangre. ¡Pim, pam!, volvió a retumbar, y grandes
bandadas de gansos salvajes alzaron el vuelo de entre la
maleza, mientras se repetían los disparos. Era una gran
cacería; los cazadores rodeaban el cañaveral, y algunos
aparecían sentados en las ramas de los árboles que lo
dominaban; se formaban nubecillas azuladas por entre el
espesor del ramaje, cerniéndose por encima del agua,
mientras los perros nadaban en el pantano, ¡Plas, plas!,
y juncos y cañas se inclinaban de todos lados. ¡Qué
susto para el pobre patito! Inclinó la cabeza para
meterla bajo el ala, y en aquel mismo momento vio junto a
sí un horrible perrazo con medio palmo de lengua fuera y
una expresión atroz en los ojos. Alargó el hocico hacia
el patito, le enseñó los agudos dientes y, ¡plas,
plas! se alejó sin cogerlo.
- ¡Loado sea Dios! -suspiró el pato-. ¡Soy tan feo que
ni el perro quiso morderme!
Y se estuvo muy quietecito, mientras los perdigones
silbaban por entre las cañas y seguían sonando los
disparos.
Hasta muy avanzado el día no se restableció la calma;
mas el pobre seguía sin atreverse a salir. Esperó aún
algunas horas: luego echó un vistazo a su alrededor y
escapó del pantano a toda la velocidad que le
permitieron sus patas. Corrió a través de campos y
prados, bajo una tempestad que le hacía muy difícil la
huida.
Al anochecer llegó a una pequeña choza de campesinos;
estaba tan ruinosa, que no sabía de qué lado caer, y
por eso se sostenía en pie. El viento soplaba con tal
fuerza contra el patito, que éste tuvo que sentarse
sobre la cola para afianzarse y no ser arrastrado. La
tormenta arreciaba más y más. Al fin, observó que la
puerta se había salido de uno de los goznes y dejaba
espacio para colarse en el interior; y esto es lo que
hizo.
Vivía en la choza una vieja con su gato y su gallina. El
gato, al que llamaba «hijito», sabía arquear el lomo y
ronronear, e incluso desprendía chispas si se le frotaba
a contrapelo. La gallina tenía las patas muy cortas, y
por eso la vieja la llamaba «tortita paticorta»; pero
era muy buena ponedora, y su dueña la quería como a una
hija.
Por la mañana se dieron cuenta de que había llegado un
forastero, y el gato empezó a ronronear, y la gallina, a
cloquear.
- ¿Qué pasa? -dijo la vieja mirando a su alrededor.
Como no veía bien, creyó que era un ganso cebado que se
habría extraviado-. ¡No se cazan todos los días!
-exclamó-. Ahora tendré huevos de pato. ¡Con tal que
no sea un macho! Habrá que probarlo.
Y puso al patito a prueba por espacio de tres semanas;
pero no salieron huevos. El gato era el mandamás de la
casa, y la gallina, la señora, y los dos repetían
continuamente: - ¡Nosotros y el mundo! - convencidos de
que ellos eran la mitad del universo, y aún la mejor. El
patito pensaba que podía opinarse de otro modo, pero la
gallina no le dejaba hablar.
- ¿Sabes poner huevos? -le preguntó.
- No.
- ¡Entonces cierra el pico!
Y el gato:
- ¿Sabes doblar el espinazo y ronronear y echar chispas?
- No.
- Entonces no puedes opinar cuando hablan personas de
talento.
El patito fue a acurrucarse en un rincón, malhumorado.
De pronto acordóse del aire libre y de la luz del sol, y
le entraron tales deseos de irse a nadar al agua, que no
pudo reprimirse y se lo dijo a la gallina.
- ¿Qué mosca te ha picado? -le replicó ésta-. Como no
tienes ninguna ocupación, te entran estos antojos. ¡Pon
huevos o ronronea, verás como se te pasan!
- ¡Pero es tan hermoso nadar! -insistió el patito-.
¡Da tanto gusto zambullirse de cabeza hasta tocar el
fondo!
- ¡Hay gustos que merecen palos! -respondió la
gallina-. Creo que has perdido la chaveta. Pregunta al
gato, que es la persona más sabia que conozco, si le
gusta nadar o zambullirse en el agua. Y ya no hablo de
mí. Pregúntalo si quieres a la dueña, la vieja; en el
mundo entero no hay nadie más inteligente. ¿Crees que
le apetece nadar y meterse en el agua?
- ¡No me comprendéis! -suspiró el patito.
- ¿Qué no
te comprendemos? ¿Quién lo hará, entonces? No pretenderás
ser más listo que el gato y la mujer, ¡y no hablemos ya
de mí! No tengas esos humos, criatura, y da gracias al
Creador por las cosas buenas que te ha dado. ¿No vives
en una habitación bien calentita, en compañía de quien
puede enseñarte mucho? Pero eres un charlatán y no da
gusto tratar contigo. Créeme, es por tu bien que te digo
cosas desagradables; ahí se conoce a los verdaderos
amigos. Procura poner huevos o ronronear, o aprende a
despedir chispas.
- Creo que me marcharé por esos mundos de Dios -dijo el
patito.
- Es lo mejor que puedes hacer -respondióle la gallina.

Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959