El jabalí de bronce
Continuación
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Y el muchacho se quedó en la casa,
y la mujer le enseñó a coser. Comía con excelente
apetito, dormía bien, estaba alegre, y pronto empezó a
andar a la greña con Bellissima, que tal era el nombre
de la perrita. Cuando ocurría esto, la mujer se
enfadaba, amenazaba con el dedo al niño, y lo reñía;
esto le llegaba al corazón y se retiraba pensativo, a su
cuartito, que daba a la calle y era usado para secar las
pieles. Las ventanas tenían gruesas barras de hierro;
él no podía dormir pensando en el jabalí de bronce, y
de repente oyó fuera un ¡plas, plas! ¿Sería él? De
un brinco llegó a la ventana, pero no vio nada; había
pasado ya.
- Ayuda al señor a llevar sus pinturas -dijo la mujer al
muchacho al día siguiente, cuando pasó el joven vecino,
que era pintor, cargado con su caja y una gran tela
arrollada. El niño cogió la caja, y los dos se
dirigieron a la Galería y subieron por la escalera, que
él conocía por su excursión nocturna con el jabalí.
Reconoció las estatuas y los cuadros, la maravillosa
Venus de mármol y todo lo que aquella noche había
cobrado vida en toda la gama de colores; volvió a ver la
Madonna, con Jesús y San Juan.
Se detuvieron frente al cuadro de Bronzino, aquel que
representa a Cristo descendiendo a los infiernos, rodeado
de niños que sonríen, seguros de ir al cielo. El pobre
pequeño riose también, pues aquello era su cielo.
- Ahora vuélvete a casa -le dijo el pintor- cuando tuvo
preparado el caballete y los pinceles.
- ¿No me dejaría que yo mirase? -preguntó el niño-.
¿No podría mirar cómo pasa el cuadro a su lienzo
blanco?
- No pintaré todavía -respondió el artista sacando el
carboncillo. Su mano se movía rápidamente, el ojo
calculaba las dimensiones del gran cuadro y, a pesar de
que se limitó a trazar un fino rasgo, pronto quedó
esbozado el Cristo flotante, como en la pintura.
- Ahora, márchate -insistió el pintor, y el niño se
encaminó quietamente a su casa, sentóse a la mesa y se
puso a aprender a coser guantes.
Sin embargo, su pensamiento estuvo todo el día
concentrado en la sala de los cuadros; por eso se pinchó
los dedos y mostró muy poca disposición para el oficio;
pero dejó ya de reñir con Bellissima. Al llegar la
noche, aprovechándose de que la puerta estaba abierta,
se escapó de casa. Hacía frío, pero las estrellas
brillaban con hermosísima claridad. Fue vagando por las
calles, quietas y solitarias, y muy pronto estuvo frente
al jabalí de bronce. Inclinándose sobre él, besóle el
reluciente hocico y montó en su lomo. - ¡Mi buen
animal, cómo te eché de menos! -dijo-. Esta noche
daremos otro paseo.
El jabalí permaneció inmóvil, mientras el agua fresca
manaba por su boca. El pequeño seguía montado en él
cuando alguien le tiró de la chaqueta. Al mirar a su
lado vio a Bellissima, la perrita esquilada, que,
habiendo escapado también de la casa, lo había seguido
sin él darse cuenta. La perrita ladraba como diciendo:
«Aquí estoy, mírame, ¿por qué te sientas ahí
arriba?». Un dragón, echando fuego por las fauces no
habría asustado al niño tanto como el perrillo en aquel
lugar. Bellissima en la calle y sin vestir, como decía
la abuela, ¿qué iba a resultar de todo aquello? El
perro jamás salía en invierno sin que antes lo
abrigasen con una diminuta piel de cordero, que había
cortado y cosido a su medida. La piel se sujetaba al
cuello por medio de una cinta roja, con un lazo y un
cascabel, y de otra cinta que le pasaba por debajo del
vientre. El animal parecía casi una cabrita cuando, en
la estación fría, iba de paseo con la «signora». Y he
aquí que ahora Bellissima estaba allí y desnuda; ¿qué
pasaría? Todos los sueños se desvanecieron; el muchacho
dio un beso al jabalí de bronce y, cogiendo a
Bellissima, que tiritaba de frío, bajo el brazo, salió
corriendo hacia casa.
- ¿Qué llevas ahí? -le gritaron dos guardias con
quienes se topó. Bellissima no cesaba de ladrar-.
¿Dónde has robado este hermoso perro? -le dijeron; y se
lo quitaron.
- ¡Devuélvanmelo, por favor! -suplicaba el chiquillo.
- Si no lo has robado, di a tus padres que encontrarán
el perro en el puesto de guardia -. Y, dándole la
dirección, se alejaron con Bellissima.
La situación era desesperada; el chico estaba indeciso
entre arrojarse al Arno e irse a su casa y confesarlo
todo. Seguramente lo matarían, pensó. «Pero perfiero
que me maten. Así iré a reunirme con Jesús y la
Madonna». Y se encaminó a casa, dispuesto a morir.
La puerta estaba cerrada; él no alcazaba el picaporte y
no había nadie en la calle, pero cogiendo un adoquín
suelto, llamó con él. - ¿Quién va? - gritaron desde
dentro.
- ¡Soy yo! -respondió él-. Bellissima se ha escapado.
¡Abrid la puerta y matadme!
Los viejos, especialmente la «signora», tuvieron un
susto terrible al saber que había desaparecido
Bellissima. La mujer corrió a la pared donde guardaban
el abrigo del perro: la piel de cordero colgaba de su
sitio.
¡Bellissima en el cuerpo de guardia! -exclamó a voz en
grito. ¡Ah, mozuelo endiablado! ¿Cómo la dejaste
escapar? Se morirá de frío. ¡El pobre animalito entre
esos policías, tan groseros!
El marido tuvo que salir precipitadamente en su busca. La
mujer lloraba, y lloraba también el niño. Acudieron
todos los vecinos de la casa, entre ellos el pintor.
Cogiendo al pequeño entre las rodillas, lo interrogó,
y, a fuerza de paciencia, pudo reconstituir toda la
historia del jabalí de bronce y de la galería de
pinturas. Muy coherente no lo era, pero el pintor
consoló al niño y tranquilizó a la abuela; sin
embargo, ésta no las tuvo todas consigo hasta la llegada
del padre con Bellissima, rescatada de los gendarmes.
Hubo entonces gran alegría; el pintor acarició al
chiquillo y le dio un puñado de dibujos,
Eran unos apuntes magníficos; ¡qué cabezas más
graciosas! Pero lo mejor era un retrato del jabalí de
bronce. No se ha visto cosa más bella. Con unos pocos
trazos, el animal había sido reproducido en el papel, e
incluso se veía la casa del fondo.
«¡Ah, quién supiera dibujar y pintar! ¡Podría
llevarme el mundo entero a mi casa!».
Al día siguiente, en su primer momento libre, el
pequeño cogió el lápiz y trató de copiar el dibujo
del jabalí en el reverso de uno de los apuntes. ¡Y le
salió! Un tanto torcido e irregular, desde luego; una
pata más gruesa, otra más delgada... pero se
reconocía. El niño tuvo una gran alegría. El lápiz no
se movía con la soltura deseable, bien se daba cuenta;
pero al día siguiente apareció un segundo jabalí al
lado del primero, cien veces mejor; el tercero salió tan
bien, que todo el mundo lo reconoce enseguida.
Pero con el trabajo de guantería las cosas iban mal, y
los recados se hacían con lentitud desesperante, pues el
jabalí de bronce le había demostrado que todas las
estatuas pueden llevarse al papel, y la ciudad de
Florencia es un verdadero álbum de estampas para quien
se toma la molestia de hojearlo. En la Piazza della
Trinitá hay una esbelta columna que sostiene a la diosa
de la Justicia, con los ojos vendados y la balanza. No
tardó en pasar al papel, por obra del niño del
guantero. La colección iba creciendo, pero sólo
contenía objetos muertos; hasta que un día Bellissima
se le acercó saltando: - ¡Estáte quieta! -le gritó
él-; te dibujaré, preciosa, y figurarás entre mis
cuadros -. Pero Bellissima no quería estarse quieta, y
el niño tuvo que atarla. La sujetó por la cabeza y por
el rabo; el perro no paraba de ladrar y pegar saltos, y
no hubo más remedio que apretar la cuerda. En esto
entró la «signora».
- ¿Qué haces, desalmado? ¡Pobre animalito! -fue todo
lo que pudo decir. Apartó al niño a empujones y
patadas, y lo echó de casa de mala manera-. ¡Golfo
desagradecido y endiablado! -. Y, llorando, desató a su
querida y casi asfixiada Bellissima.
En aquel momento el pintor subía las escaleras (y aquí
es donde la historia da un vuelco).
En 1834 se celebró una exposición en la Academia delle
Arti de Florencia; dos cuadros, colocados uno al lado del
otro, atraían una gran multitud de admiradores. El más
pequeño representaba un alegre chiquillo sentado,
dibujando. Tenía por modelo un perrito boloñés
esquilado al rape; pero como el animal no se estuviera
quieto, lo habían atado fuertemente con bramantes por la
cabeza y por la cola. Había en la composición una vida
y una verdad que hablaban a los ojos de los espectadores.
Decíase que el autor era un joven florentino recogido de
la calle, y que un viejo guantero había querido criar. A
dibujar había aprendido él solo. Un joven pintor,
famoso a la sazón, había descubierto su talento cuando
el chiquillo era arrojado de la casa por haber atado y
tomado por modelo el perrillo boloñés, favorito de la
dueña.
El aprendiz de guantero había llegado a ser un gran
pintor; bien lo demostraba aquel cuadro, y más aún el
otro, mayor, expuesto a su lado. Contenía una sola
figura: la de un hermoso chiquillo vestido de harapos,
dormido en la calle y apoyado contra el jabalí de bronce
de la calle de la Porta Rossa
. Todos los visitantes conocían
el lugar. Los brazos del niño descansaban sobre la
cabeza del animal; el pequeño dormía tranquilamente, y
la lámpara colocada delante de la imagen de la Madonna
proyectaba un intenso chorro de luz sobre su pálida y
hermosa cara. Era un cuadro delicioso; rodeábalo un gran
marco dorado, de cuya esquina superior colgaba una corona
de laurel; pero entre sus verdes hojas flotaba una cinta
negra y un largo crespón de luto.
El joven artista acababa de morir.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


