El jabalí de bronce
Continuación
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Abrióse súbitamente la doble
puerta, y las luces del altar proyectaron su brillo hasta
la solitaria plaza.
Un extraño resplandor irradiaba de un monumento
sepulcral situado en la nave izquierda del templo;
millares de estrellas móviles formaban una aureola a su
alrededor. El sarcófago ostentaba un blasón nobiliario:
una escalera de mano, de color rojo sobre campo azul, que
refulgía como fuego. Era la tumba de Galileo. Es un
monumento sencillo, pero la roja escalera sobre campo
azul está llena de significado: es el símbolo del Arte,
cuyo camino conduce siempre hacia arriba, hacia el cielo,
por una escalera ardiente. Todos los profetas del
espíritu suben al cielo como el profeta Elías.
En la nave, cada estatua de los ricos sarcófagos
parecía estar animada. Allí estaba Miguel Ángel, luego
Dante, coronado de laurel; Alfieri, Maquiavelo; unos
junto a otros, reposaban allí los héroes del espíritu
, el orgullo de Italia.
Es una iglesia preciosa, mucho más que la catedral de
mármol de Florencia, aunque no tan grande.
Habríase dicho que las marmóreas ropas se movían, que
las grandes estatuas levantaban más la cabeza, y, entre
canto y armoniosos sones, miraban en medio de la noche
hacia el radiante altar, verdadera orgía de colores, en
el que unos adolescentes vestidos de blanco balanceaban
incensarios de oro. Su intensa fragancia, saliendo de los
ámbitos del templo, llegaba hasta la plaza.
El niño tendió los brazos en dirección de la luz, pero
en el mismo momento el jabalí de bronce reanudó su
carrera. El pequeño hubo de cogerse firmemente; el
viento le zumbaba en los oídos, oyó rechinar las
puertas del templo y las vio girar sobre sus goznes, al
tiempo que experimentaba la sensación de perder el
sentido; sintió un frío de hielo y abrió los ojos.
Amanecía. El niño se encontró precariamente sentado
sobre el jabalí de bronce, que, como siempre, estaba en
la calle de la Porta Rossa.
Sobrecogió al chiquillo un sentimiento de miedo y
angustia al pensar en aquella a quien llamaba su madre,
la mujer que la víspera lo había despachado con orden
de procurarse dinero. No tenía ni un ochavo, y sentía
hambre y sed. Otra vez se abrazó al cuello del jabalí,
lo besó en el hocico y, dirigiéndole un gesto
afectuoso, se encaminó hacia uno de los callejones más
angostos; tenía apenas la anchura suficiente para
permitir el paso de un asno bien cargado. Una gran puerta
chapeada de hierro estaba medio abierta; el muchacho
subió por una escalera de piedra de sucios peldaños,
con una cuerda a guisa de barandilla, y llegó a una
galería abierta, en la que colgaban muchos andrajos.
Desde allí, otra escalera conducía al patio; del pozo,
que había en éste salían fuertes alambres, de los que
se podía tirar desde todos los pisos de la casa; los
cubos colgaban uno al lado de otro, mientras rechinaba la
polea, y un cubo danzaba en el aire, soltando agua que
iba a caer al patio. Una tercera escalera, semiderruída,
conducía a los pisos. Dos marineros rusos bajaban
saltando alegremente, y por poco derriban al chiquillo;
venían de alguna juerga nocturna. Seguíalos una mujer
ya no joven, aunque de constitución robusta, con
abundante cabello negro.
- ¿Qué traes? -preguntó al muchacho.
- No me riñas -suplicó éste-, no me han dado nada.
Y cogió la falda de su madre, como para besarla.
Entraron en la habitación, que no describiremos; diremos
sólo que en ella había un brasero de asas con fuego de
carbón: marito lo llaman. La mujer lo cogió para
calentarse los dedos, y dio un empellón al niño con el
codo -. ¡Seguro que tienes dinero! -gritó.
El pequeño se echó a llorar, la mujer le dio una
patada, y el llanto se hizo más estridente-. ¡O te
callas o te parto la cabeza -dijo ella blandiendo el
fogón que tenía en la mano. El chiquillo se encogió
hasta el suelo, sin cesar en sus gritos; entonces se
presentó, en la puerta la vecina, también cargada con
su marito.
- ¡Felicita! ¿Qué le haces al chico?
- ¡Es mi hijo! -respondió Felicita-, y puedo matarlo si
me da la gana, y a ti con él, Glaninna - y levantó el
brasero. La otra hizo lo mismo en actitud defensiva, y
los dos cacharros salieron, disparados el uno contra el
otro, proyectando por la habitación, cascos, fuego y
ceniza. El niño, en un santiamén, llegó a la puerta,
atravesó el patio y salió a la calle, corriendo cuanto
le permitían sus piernas, hasta que el cansancio lo
obligó a detenerse. Se paró junto a la iglesia de la
Santa Croce, la misma cuya puerta principal se había
abierto ante él la noche anterior, y entró en ella.
¡Todo brillaba! Se arrodilló frente a la primera tumba
de la derecha, la de Miguel Ángel, y prorrumpió en
sollozos. Pasaba gente, decían la misa, y nadie prestaba
atención al pequeño. Sólo un ciudadano de edad madura
se detuvo un momento y, después de mirarlo, siguió su
camino como los demás.
El hambre y la sed atormentaban al niño, que,
agazapándose en el ángulo formado por la pared y el
mausoleo de mármol, se quedó dormido. Casi anochecía
ya cuando se despertó, al sacudirlo alguien. Se
incorporó y vio ante él al mismo ciudadano de la
mañana.
- ¿Estás enfermo? ¿Dónde vives? ¿Te has pasado todo
el día aquí? -fueron algunas de las preguntas que le
dirigió el anciano. Habiendo respondido el niño, el
hombre lo llevó consigo a una casita situada a poca
distancia, en una de las calles transversales. Era un
taller de guantería. Entraron; la mujer estaba todavía
trabajando, activamente y no se interrumpió al verlos.
Una perrita boloñesa, esquilada tan a rape que hasta se
traslucía su piel rosada, subiéndose sobre la mesa
recibió al niño con animados saltos y dando alegres
ladridos.
- Las almas inocentes se reconocen -dijo la mujer,
acariciando al animal y al rapaz. Aquella buena gente lo
sentaron a la mesa con ellos y le dieron de comer y de
beber, diciéndole que podría pasar la noche en su casa.
Al día siguiente, el tío Giuseppe hablaría con su
madre. Lo acostaron en una camita muy pobre, pero que
para él, acostumbrado a dormir sobre el duro suelo,
resultó un lecho digno de un rey. Durmió de un tirón,
soñando con las magníficas estatuas y el jabalí de
bronce.
El tío Giuseppe salió a la mañana siguiente, con gran
disgusto del pequeño, que sabía que el objeto de la
gestión era llevarlo a casa de su madre. El niño besó
llorando al perro juguetón, y la mujer sonrió
amablemente a los dos.
¿Qué noticias trajo a su vuelta el tío Giuseppe?
Estuvo hablando largo rato con su esposa, la cual
asentía con la cabeza y acariciaba al pequeño. - Es un
niño precioso -exclamó-. Puede llegar a ser tan buen
guantero como tú lo fuiste. Tiene los dedos finos y
flexibles. La Madonna lo ha destinado a ser guantero.

Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959