La princesa del guisante
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Érase una vez un príncipe que
quería casarse con una princesa, pero que fuese una
princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo,
mas siempre había algún pero. Princesas había muchas,
mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras;
cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así
regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en
encontrar a una princesa auténtica.
Una tarde estalló una terrible tempestad; sucedíanse
sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a
cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a
la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.
Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios,
cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El
agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le
metía por las cañas de los zapatos y le salía por los
tacones; pero ella afirmaba que era una princesa
verdadera.
"Pronto lo sabremos", pensó la vieja Reina, y,
sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama
y puso un guisante sobre la tela metálica; luego
amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos,
otros tantos edredones.
En esta cama debía dormir la princesa.
Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.
- ¡Oh, muy mal! - exclamó -. No he pegado un ojo en toda
la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era
algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales!
¡Horrible!
Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto
que, a pesar de los veinte colchones y los veinte
edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una
verdadera princesa, podía ser tan sensible.
El príncipe la tomó por esposa, pues se había
convencido de que se casaba con una princesa hecha y
derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse
todavía, si nadie se lo ha llevado.
Esto sí que es una historia, ¿verdad?.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959
