Las flores de la pequeña Ida
Continuación
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Aunque no había lámpara de ninguna
clase, el cuarto estaba muy claro, gracias a la luna,
que, a través de la ventana proyectaba sus rayos sobre
el pavimento; parecía de día. Los jacintos y tulipanes
estaban alineados en doble fila; en la ventana no habla
ninguno, los tiestos aparecían vacíos; en el suelo,
todas las flores bailaban graciosamente en corro,
formando cadena y cogiéndose, al girar, unas con otras
por las largas hojas verdes. Sentado al piano se hallaba
un gran lirio amarillo, que Ida estaba segura de haber
visto en verano, pues recordaba muy bien que el
estudiante le había dicho:
- ¡Cómo se parece a la señorita Line! -y todos se
habían echado a reír. Pero ahora la pequeña Ida
encontraba que realmente aquella larga flor amarilla se
parecía a la citada señorita, pues hacía sus mismos
gestos al tocar, y su cara larga y macilenta se inclinaba
ora hacia un lado ora hacia el otro, siguiendo con un
movimiento de la cabeza el compás de la bellísima
música.
Nadie se fijó en Ida. Ella vio entonces cómo un gran
azafrán azul saltaba sobre la mesa de los juguetes y,
dirigiéndose a la cama de la muñeca, descorría las
cortinas. Aparecieron las flores enfermas que se
levantaron en el acto, haciéndose mutuamente señas e
indicando que deseaban tomar parte en la danza. El viejo
deshollinador de porcelana, que había perdido el labio
inferior, se puso en pie e hizo una reverencia a las
lindas flores, las cuales no tenían aspecto de enfermas
ni mucho menos; saltaron una tras otra, contentas y
vivarachas.
Pareció como si algo cayese de la mesa. Ida miró en
aquella dirección: era el látigo que le hablan regalado
en carnaval, el cual había saltado, como si quisiera
también tomar parte en la fiesta de las flores. Estaba
muy mono con sus cintas de papel, y se le montó encima
un muñequito de cera que llevaba la cabeza cubierta con
un ancho sombrero parecido al del consejero de
Cancillería. El latiguillo avanzaba a saltos sobre sus
tres rojas patas de palo con gran alboroto pues bailaba
una mazurca, baile en el que no podían acompañarle las
demás flores, que eran muy ligeras y no sabían
patalear.
De pronto, el muñeco de cera, montado en el látigo, se
hinchó y aumentó de tamaño, y, volviéndose encima de
las flores de papel pintado que adornaban su montura,
gritó: «¡Qué manera de embaucar a una criatura!
¡Vaya fantasías tontas!». Era igual, igual que el
Consejero, con su ancho sombrero; se le parecía hasta en
lo amarillo y aburrido. Pero las flores de papel se le
enroscaron en las escuálidas patas, y el muñeco se
encogió de nuevo, volviendo a su condición primitiva de
muñequito de cera. Daba gusto verlo; Ida no podía
reprimir la risa. El látigo siguió bailando y el
Consejero no tuvo más remedio que acompañarlo; lo mismo
daba que se hiciera grande o se quedara siendo el
muñequito macilento con su gran sombrero negro. Entonces
las otras flores intercedieron en su favor, especialmente
las que habían estado reposando en la camita, y el
látigo se dejó ablandar. Entonces alguien llamó desde
e1 interior del cajón, donde Sofía, la muñeca de Ida,
yacía junto a los restantes juguetes; el deshollinador
echó a correr hasta el canto de la mesa, y, echándose
sobre la barriga, se puso a tirar del cajón. Levantóse
entonces Sofía y dirigió una mirada de asombro a su
alrededor.
- ¡Conque hay baile! -dijo-. ¿Por qué no me avisaron?
- ¿Quieres bailar conmigo? -preguntó el deshollinador.
- ¡Bah! ¡Buen bailarín eres tú! -replicó ella,
volviéndole la espalda. Y, sentándose sobre el cajón,
pensó que seguramente una de las flores la solicitaría
como pareja. Pero ninguna lo hizo. Tosió: ¡hm, hm, hm!,
mas ni por ésas. El deshollinador bailaba solo y no lo
hacía mal.
Viendo que ninguna de las flores le hacía caso, Sofía
se dejó caer del cajón al suelo, produciendo un gran
estrépito. Todas las flores se acercaron presurosas a
preguntarle si se había herido, y todas se mostraron
amabilísimas, particularmente las que hablan ocupado su
cama. Pero Sofía no se había lastimado; y las flores de
Ida le dieron las gracias por el bonito lecho, y la
condujeron al centro de la habitación, en el lugar
iluminado por la luz de la luna, y bailaron con ella,
mientras las otras formaban corro a su alrededor. Sofía
sintióse satisfecha, dijo que podían seguir utilizando
su cama, que ella dormiría muy a gusto en el cajón.
Pero las flores respondieron:
- Gracias de todo corazón, mas ya no nos queda mucho
tiempo de vida. Mañana habremos muerto. Pero dile a Ida
que nos entierre en el jardín, junto al lugar donde
reposa el canario. De este modo en verano resucitaremos
aún más hermosas.
- ¡No, no debéis morir! -dijo Sofía, y besó a las
flores. Abrióse en esto la puerta de la sala y entró
una gran multitud de flores hermosísimas, todas
bailando. Ida no comprendía de dónde venían; debían
de ser las del palacio real. Delante iban dos rosas
espléndidas, con sendas coronas de oro: eran un rey y
una reina; seguían luego los alhelíes y claveles más
bellos que quepa imaginar, saludando en todas
direcciones. Se traían la música: grandes adormideras y
peonias soplaban en vainas de guisantes, con tal fuerza
que tenían la cara encarnada como un pimiento. Las
campanillas azules y los diminutos rompenieves sonaban
cual si fuesen cascabelitos. Era una música la mar de
alegre. Venían detrás otras muchas flores, todas
danzando: violetas y amarantos rojos, margaritas y
muguetes. Y todas se iban besando entre sí. ¡Era un
espectáculo realmente maravilloso!
Finalmente, se dieron unas a otras las buenas noches, y
la pequeña Ida se volvió a la cama, donde soñó en
todo lo que acababa de presenciar.
Al despertarse al día siguiente, corrió a la mesita
para ver si estaban en ella las flores; descorrió las
cortinas de la camita: sí, todas estaban; pero
completamente marchitas, mucho más que la víspera.
Sofía continuaba en el cajón, donde la dejara Ida, y
tenía una cara muy soñolienta.
- ¿Te acuerdas de lo que debes decirme? -le preguntó
Ida. Pero Sofía estaba como atontada y no respondió.
- Eres una desagradecida -le dijo Ida-. Ya no te acuerdas
de que todas bailaron contigo. Cogió luego una caja de
papel que tenía dibujados bonitos pájaros, y depositó
en ella las flores muertas:
- Este será vuestro lindo féretro -dijo-, y cuando
vengan mis primos noruegos me ayudarán a enterraros en
el jardín, para que en verano volváis a crecer y os
hagáis aún más hermosas.
Los primos noruegos eran dos alegres muchachos, Jonás y
Adolfo. Su padre les había regalado dos arcos nuevos, y
los traían para enseñárselos a Ida. Ella les habló de
las pobres flores muertas, y en casa les dieron permiso
para enterrarlas. Los dos muchachos marchaban al paso con
sus arcos al hombro, e Ida seguía con las flores muertas
en la bonita caja. Excavaron una pequeña fosa en el
jardín; Ida besó a las flores y las depositó en la
tumba, encerradas en su ataúd, mientras Adolfo y Jonás
disparaban sus arcos, a falta de fusiles o cañones.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


