«Los fuegos fatuos están en la ciudad»,
dijo la Reina del Pantano
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Érase un hombre que había sabido muchos cuentos nuevos, pero se le habían escapado, según él decía. El cuento, que antes se le presentaba por propia iniciativa, había dejado de llamar a su puerta. ¿Y por qué no venía? Cierto es que el hombre llevaba muchísimo tiempo sin pensar en él, sin esperar que se presentara y llamara; se había distraído de los cuentos, pues fuera rugía la guerra, y dentro reinaban la aflicción y la miseria, compañeras inseparables de aquélla.
La cigüeña y la golondrina regresaban de su largo viaje, sin temer nada malo, y he aquí que al llegar se encontraron con sus nidos quemados, lo mismo que las casas de los hombres, y los setos en pleno desorden, cuando no desaparecidos del todo. Los caballos del enemigo piafaban sobre las viejas sepulturas. Eran tiempos duros y tenebrosos, pero todo tiene su fin.
Les ha llegado el fin, decían todos, y, no obstante, el cuento no acudía a llamar a la puerta ni daba noticias de su persona.
- Seguramente habrá muerto o se habrá marchado como tantos otros -dijo el hombre. Pero el cuento nunca muere.
Transcurrió mucho tiempo; y él lo echaba de menos.
- ¿Es posible que no vuelva y llame a la puerta? -. Y se acordaba de él como si lo tuviera delante, en todas las formas con que solía presentársela: ya joven y hermoso como la propia primavera, una encantadora muchacha con una guirnalda de aspérulas en la frente y una rama de haya en la mano, y ojos brillantes cual profundos lagos en el bosque bajo el sol; ya en figura de buhonero, abierta la caja de la que salían cintas de plata que ondeaban al viento, y con poemitas e inscripciones para recordatorios. Pero cuando más bello estaba era cuando venía de abuelita, con el cabello plateado y grandes ojos inteligentes. Entonces sí que sabía cosas de los tiempos más remotos, muy anteriores a aquellos en que las princesas hilaban con husos de oro, y acechaban por ahí dragones y vestigios. Contaba de una manera tan viva, que a los oyentes se les ofuscaba la vista, y el suelo parecía negro de sangre humana; horrible de ver y de oír y, sin embargo, ¡tan agradable!, pues hacía tanto tiempo que había sucedido...
- ¡Y si no volviera a llamar! - exclamaba el hombre, clavando la mirada en la puerta con tanta insistencia, que creía ver manchas negras en el aire y en el suelo. No sabía si era sangre o un crespón de luto por los terribles y lúgubres días vividos.
Un día en que estaba cavilando, ocurriósele la idea de que tal vez el cuento se hubiese escondido, como la princesa de aquellos antiguos cuentos, y quería que lo buscasen. Si lo encontraban, brillaría con nueva luz, más hermosa que antes.
- ¡Quién sabe, a lo mejor se ha ocultado en la paja tirada junto al pretil del pozo! ¡Cuidado, cuidado! Tal vez se esconde en una flor marchita, guardada en uno de aquellos voluminosos libros del anaquel.
Y el hombre, dirigiéndose a la biblioteca, abrió uno de los tomos más nuevos, deseoso de poner las cosas en claro. Mas no había allí ninguna flor: sólo historias de Holger Danske. Y el hombre leyó cómo aquella historia había sido inventada en Francia por un monje, arreglada en forma de novela y «traducida e impresa en lengua danesa». Que Holger Danske no había vivido en realidad y, por tanto, no podía volver, contra lo que creíamos y tan a gusto cantábamos. Con Holger Danske ocurría lo que con Guillermo Tell: todo era pura palabrería, sin nada en que poder apoyarse; y todo eso aparecía escrito en aquel libro, con grandes alardes de erudición.
- Bueno, yo sé lo que tengo que creer - dijo el hombre -. Donde no ha pisado ningún pie, no se trilla camino -. Y cerrando el libro y volviéndolo al estante, dirigióse a las flores que crecían en la ventana. A lo mejor se había escondido en el rojo tulipán de borde dorado, o en la fresca rosa, o en la reluciente camelia. El sol jugaba entre las hojas, pero el cuento no asomaba por ningún lado.
- Las flores que había aquí, en aquellos días tristes, eran mucho más hermosas; pero las cortaron sin dejar una, para trenzar coronas con ellas, coronas que fueron colocadas en el ataúd recubierto con la bandera. Tal vez con las flores enterraron también al cuento. Pero las flores lo habrían sabido, y el ataúd se habría dado cuenta, y la tierra también, y los tallitos de hierba lo habrían dicho al brotar. ¡El cuento no muere jamás!
Quizá vino aquí y llamó, pero ¡quién estaba entonces para él! La gente miraba con ojos sombríos, melancólicos, casi coléricos, el sol de primavera, el revoloteo de los pájaros y el verde esperanzador de los campos; la lengua no soportaba las viejas canciones populares, que habían sido enterradas, como tantas otras cosas tan queridas de nuestro corazón. Es muy posible que el cuento haya venido a llamar a la puerta, pero nadie lo había oído, nadie le había dado la bienvenida, y así se marchó nuevamente.
Iré a buscarlo. ¡Al campo, al bosque, a la anchurosa orilla!
En pleno campo hay una vieja mansión señorial de rojas paredes, frontón dentado y ondeante bandera en la torre. El ruiseñor canta entre las festoneadas hojas del haya, mientras mira los manzanos en flor del jardín, tomándolos por rosas. Aquí y allí, las diligentes abejas revolotean al sol, rodeando a su reina con su zumbido monótono. La tempestad de otoño sabe de la caza salvaje, de las generaciones humanas y del follaje del bosque, que pasan veloces. Por Navidad, al exterior cantan los cisnes salvajes desde las aguas abiertas, mientras los hombres, cómodamente instalados junto al fuego de la chimenea, escuchan canciones y leyendas.
Por el sector antiguo del jardín, con su atrayente y penumbrosa avenida de castaños, paseaba el hombre que había salido en busca del cuento. Una vez el viento le había murmurado allí algo relativo a Waldemar Daae y sus hijas. La dríada del árbol, que era la propia madre de las leyendas, le había contado allí el último sueño del viejo roble. En tiempos de la abuela había allí setos recortados; ahora, en cambio, sólo crecían helechos y ortigas, que se extendían por encima de abandonados restos de antiguas estatuas de piedra. Crecíales musgo en los ojos, a pesar de lo cual veían tan bien como en sus buenos tiempos. Esto no lo sabía el hombre que andaba en busca del cuento y no lo veía. ¿Dónde estaría?
Por sobre su cabeza y los viejos árboles volaban las cornejas a centenares, lanzando su «¡cra, da, cra, da!». Él salió del jardín a la alameda, pasando por los fosos. Había allí una casita de forma hexagonal, con un gallinero y un corral de patos. En la habitación estaba la anciana que cuidaba de la hacienda y que se enteraba de cada huevo que ponían las gallinas y de cada polluelo que salía del cascarón. Pero no era ella el cuento que el hombre andaba buscando, como podía verse por la fe de bautismo y el certificado de vacunación que estaban sobre la cómoda.
Al exterior, a poca distancia de la casa, hay un montículo cubierto de acerolo y codeso. Yace allí una antigua losa sepulcral, que había venido a parar a aquel lugar procedente del pequeño cementerio de la villa. Era un monumento de uno de los honorables consejeros de la ciudad. Alrededor de su imagen se veían esculpidas las de su esposa y sus cinco hijas, todas con alzacuellos y con las manos dobladas. Si uno estaba un rato contemplándola, al fin obraba sobre el pensamiento, y éste, a su vez, sobre la losa, haciéndole contar recuerdos de tiempos pretéritos; por lo menos esto le sucedió al hombre que iba en busca del cuento. Al llegar allí vio que una mariposa se había posado sobre la frente del relieve que representaba al consejero. El insecto aleteó, voló un poco más lejos y volvió a posarse, cansado, sobre la losa sepulcral, como queriendo llamar la atención sobre lo que en ella crecía, o sea, tréboles de cuatro hojas, siete de ellos juntos. ¡Si viene la fortuna, bienvenida sea! El hombre recogió los tréboles y se los guardó en el bolsillo. La suerte vale tanto como el dinero contante y sonante. Hubiera preferido un cuento nuevo y bonito, pensó nuestro amigo; pero tampoco estaba allí.
El sol se ponía como un gran globo rojo. Del prado subían vapores: era que la reina del pantano estaba destilando.
Ya anochecido, hallábase nuestro hombre solo en su casa, paseando la mirada por el jardín y el prado, el pantano y la orilla. Brillaba la luna clara, del prado subían vapores, como si fuese un gran lago, y, en efecto, lo había sido en otros tiempos, según la leyenda, y la luz de la luna es lo mejor que hay para las leyendas.
Entonces se acordó el hombre de lo que leyera en la ciudad: que Guillermo Tell y Holger Danske no habían existido nunca, a pesar de lo cual persistían en la creencia del pueblo, como aquel lago lejano, vivas imágenes de la leyenda. ¡Sí, Holger Danske volvía!
Estando así pensativo, algo llamó a la ventana con un fuerte golpe. ¿Sería un ave, un murciélago o un mochuelo? A ésos no los dejan entrar por mucho que llamen. Pero la ventana se abrió por sí sola, y el hombre vio a una anciana que lo miraba.
- ¿Qué desea? - le preguntó -. ¿Quién es usted? ¿Alcanza al primer piso? ¿O se sostiene con una escalera de mano?
- Tienes en el bolsillo un trébol de cuatro hojas - dijo ella ­ o, mejor dicho, tienes siete, uno de los cuales es de seis hojas.
- ¿Quién es usted? - preguntó el hombre.
- La reina del pantano - respondió ella -. La reina del pantano, la destiladora; ahora iba a destilar, precisamente. Tenía puesta ya la espita en el barril, pero un chiquillo hizo una de sus travesuras, la sacó y la echó en dirección al patio, donde vino a dar contra la ventana. Y ahora la cerveza se está saliendo del barril, con perjuicio para todos.
- Cuénteme más cosas - le pidió el hombre.
- Espérate un poco - dijo la mujer -. Ahora tengo cosas más urgentes que hacer - y se marchó.
El hombre se disponía a cerrar la ventana, cuando la vieja se presentó de nuevo.
- Ya está - dijo -. La mitad de la cerveza puedo volver a destilarla mañana, si el tiempo no cambia. Bueno, ¿qué querías preguntarme? He vuelto porque siempre cumplo mi palabra, y porque tú llevas en el bolsillo siete tréboles de cuatro hojas, y uno de seis. Esto impone respeto; es una condecoración que crece en los caminos, pero que no todos encuentran. ¿Qué tenías que preguntarme? No te quedes ahí como un bobo, que debo volver cuanto antes a mi espita y mi barril.
El hombre le preguntó entonces por el cuento, ¿No lo habría encontrado en su camino?
- ¡Mira con lo que me sale ahora! - exclamó la mujer -. ¿Aún no tienes bastantes cuentos? La mayoría están ya hasta la coronilla. Otras cosas hay que hacer y a que atender. ¡Hasta los niños se han emancipado en este punto! Da un cigarro a un mozalbete o un miriñaque nuevo a una niña, y lo preferirán. ¡Escuchar cuentos! ¡Como si no hubiera en qué ocuparse, y problemas mucho más importantes!
- ¿Qué quiere decir con eso? - dijo el hombre -. ¿Qué sabe usted del mundo? ¡Usted sólo ve ranas y fuegos fatuos!
- Sí, pues mucho cuidado con los fuegos fatuos - replicó la vieja -. Andan por ahí sueltos. Tendríamos que hablar de ellos. Ven conmigo al pantano, donde es necesaria mi presencia, y te lo contaré todo. Pero de prisa, mientras estén frescos tus siete tréboles de cuatro hojas y el de seis, y mientras la Luna esté en el cielo.
Y la reina del pantano desapareció.


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Sobre la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


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