Colás el Chico y Colás el Grande
Continuación
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Y envió a un muchacho a casa de su
compadre a pedirle que le prestara una medida de fanega.
«¿Para qué la querrá?», preguntóse Colás el
Grande; y untó el fondo con alquitrán para que quedase
pegado algo de lo que quería medir. Y así sucedió,
pues cuando le devolvieron la fanega había pegadas en el
fondo tres relucientes monedas de plata de ocho chelines.
«¿Qué significa esto?», exclamó, y corrió a casa de
Colás el Chico.
- ¿De dónde sacaste ese dinero? -preguntó.
- De la piel de mi caballo. La vendí ayer tarde.
- ¡Pues si que te la pagaron bien! - dijo el otro, y,
sin perder tiempo, volvió a su casa, mató a hachazos
sus cuatro caballos y, después de desollarlos, marchóse
con las pieles a la ciudad.
- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? - iba por las
calles, gritando. Acudieron los zapateros y curtidores,
preguntándole el precio.
- Una fanega de dinero por piel - respondió Colás.
- ¿Estás loco? -gritaron todo -. ¿Crees que tenemos el
dinero a fanegas?
- ¡Pieles, pieles! ¿Quién compra pieles? -repitió a
voz en grito; y a todos los que le preguntaban el precio
respondíales: - Una fanega de dinero por piel.
- Este quiere burlarse de nosotros -decían todos, y,
empuñando los zapateros sus trabas y los curtidores sus
mandiles, pusiéronse a aporrear a Colás.
- ¡Pieles, pieles! -gritaban, persiguiéndolo-. ¡Ya
verás cómo adobamos la tuya, que parecerá un
estropajo! ¡Echadle de la ciudad!-. Y Colás no tuvo
más remedio que poner los pies en polvorosa. Nunca le
habían zurrado tan lindamente.
«¡Ahora es la mía!», dijo al llegar a casa. «¡Ésta
me la paga Colás el Chico! ¡Le partiré la cabeza!».
Sucedió que aquel día, en casa del otro Colás, había
fallecido la abuela, y aunque la vieja había sido
siempre muy dura y regañona, el nieto lo sintió, y
acostó a la difunta en una cama bien calentita, para ver
si lograba volverla a la vida. Allí se pasó ella la
noche, mientras Colás dormía en una silla, en un
rincón. No era la primera vez.
Estando ya a oscuras, se abrió la puerta y entró Colás
el Grande, armado de un hacha. Sabiendo bien dónde
estaba la cama, avanzó directamente hasta ella y asentó
un hachazo en la cabeza de la abuela, persuadido de que
era el nieto.
- ¡Para que no vuelvas a burlarte de mí! -dijo, y se
volvió a su casa.
«¡Es un mal hombre!», pensó Colás el Chico. «Quiso
matarme! Suerte que la abuela ya estaba muerta; de otro
modo, esto no lo cuenta».
Vistió luego el cadáver con las ropas del domingo,
pidió prestado un caballo a un vecino y, después de
engancharlo a su carro, puso el cadáver de la abuela,
sentado, en el asiento trasero, de modo que no pudiera
caerse con el movimiento del vehículo, y partió bosque
a través. Al salir el sol llegó a una gran posada, y
Colás el Chico paró en ella para desayunarse.
El posadero era hombre muy rico. Bueno en el fondo, pero
tenía un genio, pronto e irascible, como si hubiese en
su cuerpo pimienta y tabaco.
- ¡Buenos días! -dijo a Colás-. ¿Tan temprano y ya
endomingado?
- Sí, respondió el otro -. Voy a la ciudad con la
abuela. La llevo en el carro, pero no puede bajar.
¿Queréis llevarle un vaso de aguamiel? Pero tendréis
que hablarle en voz alta, pues es dura de oído.
- No faltaba más -respondió el ventero, y, llenando un
vaso de aguamiel, salió a servirlo a la abuela, que
aparecía sentada, rígida, en el carro.
- Os traigo un vaso de aguamiel de parte de vuestro hijo
-le dijo el posadero. Pero la mujer, como es natural,
permaneció inmóvil y callada.
- ¿No me oís? -gritó el hombre con toda la fuerza de
sus pulmones-. ¡Os traigo un vaso de aguamiel de parte
de vuestro hijo!
Y como lo repitiera dos veces más, sin que la vieja
hiciese el menor movimiento, el hombre perdió los
estribos y le tiró el vaso a la cara, de modo que el
liquido se le derramó por la nariz y por la espalda.
- ¡Santo Dios! -exclamó Colás el Chico, saliendo de un
brinco y agarrando al posadero por el pecho-. ¡Has
matado a mi abuela! ¡Mira qué agujero le has hecho en
la frente!
- ¡Oh, qué desgracia! -gritó el posadero llevándose
las manos a la cabeza-. ¡Todo por la culpa de mi genio!
Colás, amigo mío, te daré una fanega de monedas y
enterraré a tu abuela como si fuese la mía propia; pero
no digas nada, pues me costaría la vida y sería una
lástima.
Así, Colás el Chico cobró otra buena fanega de dinero,
y el posadero dio sepultura a la vieja como si hubiese
sido su propia abuela.
Al regresar nuestro hombre con todo el dinero, envió un
muchacho a casa de Colás el Grande a pedir prestada la
fanega.
«¿Qué significa esto?», pensó el otro. «Pues, ¿no
lo maté? Voy a verlo yo mismo». Y, cargando con la
medida, se dirigió a casa de Colás el Chico.
- ¿De dónde sacaste tanto dinero? -preguntó, abriendo
unos ojos como naranjas al ver toda aquella riqueza.
- No me mataste a mí, sino a mi abuela -replicó Colás
el Chico-. He vendido el cadáver y me han dado por él
una fanega de dinero.
- ¡Qué bien te lo han pagado! -exclamó el otro, y,
corriendo a su casa, cogió el hacha, mató a su abuela
y, cargándola en el carro, la condujo a la ciudad donde
residía el boticario, al cual preguntó si le compraría
un muerto.
- ¿Quién es y de dónde lo has sacado? -preguntó el
boticario.
- Es mi abuela -respondió Colás-. La maté para sacar
de ella una fanega de dinero.
- ¡Dios nos ampare! -exclamó el boticario- ¡Qué
disparate! No digas eso, que pueden cortarte la cabeza -.
Y le hizo ver cuán perversa había sido su acción,
diciéndole que era un hombre malo y que merecía un
castigo. Asustóse tanto Colás que, montando en el carro
de un brinco y fustigando los caballos, emprendió la
vuelta a casa sin detenerse. El boticario y los demás
presentes, creyéndole loco, le dejaron marchar
libremente.
«¡Me la vas a pagar!», dijo Colás cuando estuvo en la
carretera. «Ésta no te la paso, compadre». Y en cuanto
hubo llegado a su casa cogió el saco más grande que
encontró, fue al encuentro de Colás el Chico y le dijo:
- Por dos veces me has engañado; la primera maté los
caballos, y la segunda a mi abuela. Tú tienes la culpa
de todo, pero no volverás a burlarte de mí -. Y
agarrando a Colás el Chico, lo metió en el saco y,
cargándoselo a la espalda le dijo:
- ¡Ahora voy a ahogarte!
El trecho hasta el río era largo, y Colás el Chico
pesaba lo suyo. El camino pasaba muy cerca de la iglesia,
desde la cual llegaban los sones del órgano y los cantos
de los fieles. Colás depositó el saco junto a la
puerta, pensando que no estaría de más entrar a oír un
salmo antes de seguir adelante. El prisionero no podría
escapar, y toda la gente estaba en el templo; y así
entró en él.
- ¡Dios mío, Dios mío! -suspiraba Colás el Chico
dentro del saco, retorciéndose y volviéndose, sin
lograr soltarse. Mas he aquí que acertó a pasar un
pastor muy viejo, de cabello blanco y que caminaba
apoyándose en un bastón. Conducía una manada de vacas
y bueyes, que al pasar, volcaron el saco que encerraba a
Colás el Chico.
- ¡Dios mío! -continuaba suspirando el prisionero-.
¡Tan joven y tener que ir al cielo!
- En cambio, yo, pobre de mí -replicó el pastor-, no
puedo ir, a pesar de ser tan viejo.
- Abre el saco -gritó Colás-, métete en él en mi
lugar, y dentro de poco estarás en el Paraíso.
- ¡De mil amores! -respondió el pastor, desatando la
cuerda. Colás el Chico salió de un brinco de su
prisión.
- ¿Querrás cuidar de mi ganado? -preguntóle el viejo,
metiéndose a su vez en el saco. Colás lo ató
fuertemente, y luego se alejó con la manada.
A poco, Colás el Grande salió de la iglesia, y se
cargó el saco a la espalda. Al levantarlo parecióle que
pesaba menos que antes, pues el viejo pastor era mucho
más desmirriado que Colás el Chico. «¡Qué ligero se
ha vuelto!», pensó. «Esto es el premio de haber oído
un salmo». Y llegándose al río, que era profundo y
caudaloso, echó al agua el saco con el viejo pastor,
mientras gritaba, creído de que era su rival:
- ¡No volverás a burlarte de mí!
Y emprendió el regreso a su casa; pero al llegar al
cruce de dos caminos topóse de nuevo con Colás el
Chico, que conducía su ganado.
- ¿Qué es esto? -exclamó asombrado-. ¿Pero no te
ahogué?
- Sí -respondió el otro-. Hace cosa de media hora que
me arrojaste al río.
- ¿Y de dónde has sacado este rebaño? -preguntó
Colás el Grande.
- Son animales de agua -respondió el Chico-. Voy a
contarte la historia y a darte las gracias por haberme
ahogado, pues ahora sí soy rico de veras. Tuve mucho
miedo cuando estaba en el saco, y el viento me zumbó en
los oídos al arrojarme tú desde el puente, y el agua
estaba muy fría. Enseguida me fui al fondo, pero no me
lastimé, pues está cubierto de la más mullida hierba
que puedas imaginar. Tan pronto como caí se abrió el
saco y se me presentó una muchacha hermosísima, con un
vestido blanco como la nieve y una diadema verde en torno
del húmedo cabello. Me tomó la mano y me dijo: «¿Eres
tú, Colás el Chico?. De momento ahí tienes unas
cuantas reses; una milla más lejos, te aguarda toda una
manada; te la regalo». Entonces vi que el río era como
una gran carretera para la gente de mar. Por el fondo hay
un gran tránsito de carruajes y peatones que vienen del
mar, tierra adentro, hasta donde empieza el río. Había
flores hermosísimas y la hierba más verde que he visto
jamás. Los peces pasaban nadando junto a mis orejas,
exactamente como los pájaros en el aire. ¡Y qué gente
más simpática, y qué ganado más gordo, paciendo por
las hondonadas y los ribazos!
- ¿Y por qué has vuelto a la tierra? -preguntó Colás
el Grande. Yo no lo habría hecho, si tan bien se estaba
allá abajo.
- Sí -respondió el otro-, pero se me ocurrió una gran
idea. Ya has oído lo que te dije: la doncella me reveló
que una milla camino abajo - y por camino entendía el
río, pues ellos no pueden salir a otro sitio - me
aguardaba toda una manada de vacas. Pero yo sé muy bien
que el río describe muchas curvas, ora aquí, ora allá;
es el cuento de nunca acabar. En cambio, yendo por tierra
se puede acertar el camino; me ahorro así casi media
milla, y llego mucho antes al lugar donde está el
ganado.
- ¡Qué suerte tienes! -exclamó Colás el Grande-.
¿Piensas que me darían también ganado, si bajase al
fondo del río?
- Seguro -respondió Colás el Chico-, pero yo no puedo
llevarte en el saco hasta el puente, pesas demasiado. Si
te conformas, con ir allí a pie y luego meterte en el
saco, te arrojare al río con mucho gusto.
- Muchas gracias -asintió el otro-. Pero si cuando esté
abajo no me dan nada, te zurraré de lo lindo; y no creas
que hablo en broma.
- ¡Bah! ¡No te lo tomes tan a pecho! - y se encaminaron
los dos al río. Cuando el ganado, que andaba sediento,
vio el agua, echó a correr hacia ella para calmar la
sed.
- ¡Fíjate cómo se precipitan! -observó Colás el
Chico-. Bien se ve que quieren volver al fondo.
- Sí, ayúdame -dijo el tonto-; de lo contrario vas a
llevar palo -. Y se metió en un gran saco que venía
atravesado sobre el dorso de uno de los bueyes.
- Ponle dentro una piedra, no fuera caso que quedase
flotando -añadió.
- Perfectamente -dijo el Chico, e introduciendo en el
saco una voluminosa piedra, lo ató fuertemente y,
¡pum!, Colás el Grande salió volando por los aires, y
en un instante se hundió en el río. «Me temo que no
encuentres el ganado», dijo el otro Colás, emprendiendo
el camino de casa con su manada.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959
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También los Hermanos Grimm tienen
una versión de este cuento cuyo título es
El destripaterrones


