Los cisnes salvajes
Continuación
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No bien el sol hubo desaparecido
bajo el horizonte, desprendióse el plumaje de las aves y
aparecieron once apuestos príncipes: los hermanos de
Elisa. Lanzó ella un agudo grito, pues aunque sus
hermanos habían cambiado mucho, la muchacha comprendió
que eran ellos; algo en su interior le dijo que no
podían ser otros. Se arrojó en sus brazos, llamándolos
por sus nombres, y los mozos se sintieron indeciblemente
felices al ver y reconocer a su hermana, tan mayor ya y
tan hermosa. Reían y lloraban a la vez, y pronto se
contaron mutuamente el cruel proceder de su madrastra.
- Nosotros - dijo el hermano mayor- volamos convertidos
en cisnes salvajes mientras el sol está en el cielo;
pero en cuanto se ha puesto, recobramos nuestra figura
humana; por eso debemos cuidar siempre de tener un punto
de apoyo para los pies a la hora del anochecer, pues
entonces si volásemos haca las nubes, nos
precipitaríamos al abismo al recuperar nuestra
condición de hombres. No habitamos aquí; allende el
océano hay una tierra tan hermosa como ésta, pero el
camino es muy largo, a través de todo el mar, y sin
islas donde pernoctar; sólo un arrecife solitario emerge
de las aguas, justo para descansar en él pegados unos a
otros; y si el mar está muy movido, sus olas saltan por
encima de nosotros; pero, con todo, damos gracias a Dios
de que la roca esté allí. En ella pasamos la noche en
figura humana; si no la hubiera, nunca podríamos visitar
nuestra amada tierra natal, pues la travesía nos lleva
dos de los días más largos del año. Una sola vez al
año podemos volver a la patria, donde nos está
permitido permanecer por espacio de once días, volando
por encima del bosque, desde el cual vemos el palacio en
que nacimos y que es morada de nuestro padre, y el alto
campanario de la iglesia donde está enterrada nuestra
madre. Estando allí, nos parece como si árboles y
matorrales fuesen familiares nuestros; los caballos
salvajes corren por la estepa, como los vimos en nuestra
infancia; los carboneros cantan las viejas canciones a
cuyo ritmo bailábamos de pequeños; es nuestra patria,
que nos atrae y en la que te hemos encontrado, hermanita
querida. Tenemos aún dos días para quedarnos aquí,
pero luego deberemos cruzar el mar en busca de una tierra
espléndida, pero que no es la nuestra. ¿Cómo llevarte
con nosotros? no poseemos ningún barco, ni un mísero
bote, nada en absoluto que pueda flotar.
- ¿Cómo podría yo redimiros? -preguntó la muchacha.
Estuvieron hablando casi toda la noche, y durmieron bien
pocas horas.
Elisa despertó con el aleteo de los cisnes que pasaban
volando sobre su cabeza. Sus hermanos, transformados de
nuevo, volaban en grandes círculos, y, se alejaron; pero
uno de ellos, el menor de todos, se había quedado en
tierra; reclinó la cabeza en su regazo y ella le
acarició las blancas alas, y así pasaron juntos todo el
día. Al anochecer regresaron los otros, y cuando el sol
se puso recobraron todos su figura natural.
- Mañana nos marcharemos de aquí para no volver hasta
dentro de un año; pero no podemos dejarte de este modo.
¿Te sientes con valor para venir con nosotros? Mi brazo
es lo bastante robusto para llevarte a través del
bosque, y, ¿no tendremos entre todos la fuerza
suficiente para transportarte volando por encima del mar?
- ¡Sí, llevadme con vosotros! -dijo Elisa.
Emplearon toda la noche tejiendo una grande y resistente
red con juncos y flexible corteza de sauce. Tendióse en
ella Elisa, y cuando salió el sol y los hermanos se
hubieron transformado en cisnes salvajes, cogiendo la red
con los picos, echaron a volar con su hermanita, que aún
dormía en ella, y se remontaron hasta las nubes. Al ver
que los rayos del sol le daban de lleno en la cara, uno
de los cisnes se situó volando sobre su cabeza, para
hacerle sombra con sus anchas alas extendidas.
Estaban ya muy lejos de tierra cuando Elisa despertó.
Creía soñar aún, pues tan extraño le parecía verse
en los aires, transportada por encima del mar. A su lado
tenía una rama llena de exquisitas bayas rojas y un
manojo de raíces aromáticas. El hermano menor las
había recogido y puesto junto a ella.
Elisa le dirigió una sonrisa de gratitud, pues lo
reconoció; era el que volaba encima de su cabeza,
haciéndole sombra con las alas.
Iban tan altos, que el primer barco que vieron a sus pies
parecía una blanca gaviota posada sobre el agua. Tenían
a sus espaldas una gran nube; era una montaña, en la que
se proyectaba la sombra de Elisa y de los once cisnes:
ello demostraba la enorme altura de su vuelo. El cuadro
era magnífico, como jamás viera la muchacha; pero al
elevarse más el sol y quedar rezagada la nube, se
desvaneció la hermosa silueta.
Siguieron volando durante todo el día, raudos como
zumbantes saetas; y, sin embargo, llevaban menos
velocidad que de costumbre, pues los frenaba el peso de
la hermanita. Se levantó mal tiempo, y el atardecer se
acercaba; Elisa veía angustiada cómo el sol iba hacia
su ocaso sin que se vislumbrase el solitario arrecife en
la superficie del mar. Dábase cuenta de que los cisnes
aleteaban con mayor fuerza. ¡Ah!, ella tenía la culpa
de que no pudiesen avanzar con la ligereza necesaria; al
desaparecer el sol se transformarían en seres humanos,
se precipitarían en el mar y se ahogarían. Desde el
fondo de su corazón elevó una plegaria a Dios
misericordioso, pero el acantilado no aparecía. Los
negros nubarrones se aproximaban por momentos, y las
fuertes ráfagas de viento anunciaban la tempestad. Las
nubes formaban un único arco, grande y amenazador, que
se adelantaba como si fuese de plomo, y los rayos se
sucedían sin interrupción.
El sol se hallaba ya al nivel del mar. A Elisa le
palpitaba el corazón; los cisnes descendieron
bruscamente, con tanta rapidez, que la muchacha tuvo la
sensación de caerse; pero en seguida reanudaron el
vuelo. El círculo solar había desaparecido en su mitad
debajo del horizonte cuando Elisa distinguió por primera
vez el arrecife al fondo, tan pequeño, que habríase
dicho la cabeza de una foca asomando fuera del agua. El
sol seguía ocultándose rápidamente, ya no era mayor
que una estrella, cuando su pie tocó tierra firme, y en
aquel mismo momento el astro del día se apagó cual la
última chispa en un papel encendido. Vio a sus hermanos
rodeándola, cogidos todos del brazo; había el sitio
justo para los doce; el mar azotaba la roca, proyectando
sobre ellos una lluvia de agua pulverizada; el cielo
parecía una enorme hoguera, y los truenos retumbaban sin
interrupción. Los hermanos, cogidos de las manos,
cantaban salmos y encontraban en ellos confianza y valor.
Al amanecer, el cielo, purísimo, estaba en calma; no
bien salió el sol, los cisnes reemprendieron el vuelo,
alejándose de la isla con Elisa. El mar seguía aún muy
agitado; cuando los viajeros estuvieron a gran altura,
parecióles como si las blancas crestas de espuma, que se
destacaban sobre el agua verde negruzca, fuesen millones
de cisnes nadando entre las olas.
Al elevarse más el sol, Elisa vio ante sí, a lo lejos,
flotando en el aire, una tierra montañosa, con las rocas
cubiertas de brillantes masas de hielo; en el centro se
extendía un palacio, que bien mediría una milla de
longitud, con atrevidas columnatas superpuestas; debajo
ondeaban palmerales y magníficas flores, grandes como
ruedas
de molino. Preguntó si era aquél el país de destino,
pero los cisnes sacudieron la cabeza negativamente; lo
que veía era el soberbio castillo de nubes de la Fata
Morgana, eternamente cambiante; no había allí lugar
para criaturas humanas. Elisa clavó en él la mirada y
vio cómo se derrumbaban las montañas, los bosques y el
castillo, quedando reemplazados por veinte altivos
templos, todos iguales, con altas torres y ventanales
puntiagudos. Creyó oír los sones de los órganos, pero
lo que en realidad oía era el rumor del mar. Estaba ya
muy cerca de los templos cuando éstos se transformaron
en una gran flota que navegaba debajo de ella; y al mirar
al fondo vio que eran brumas marinas deslizándose sobre
las aguas. Visiones constantemente cambiantes desfilaban
ante sus ojos, hasta que al fin vislumbró la tierra
real, término de su viaje, con grandiosas montañas
azules cubiertas de bosques de cedros, ciudades y
palacios. Mucho antes de la puesta del sol encontróse en
la cima de una roca, frente a una gran cueva revestida de
delicadas y verdes plantas trepadoras, comparables a
bordadas alfombras.
- Vamos a ver lo que sueñas aquí esta noche -dijo el
menor de los hermanos, mostrándole el dormitorio.
- ¡Quiera el Cielo que sueñe la manera de salvaros!
-respondió ella; aquella idea no se le iba de la mente,
y rogaba a Dios de todo corazón pidiéndole ayuda; hasta
en sueños le rezaba. Y he aquí que le pareció como si
saliera volando a gran altura, hacia el castillo de la
Fata Morgana; el hada, hermosísima y reluciente, salía
a su encuentro; y, sin embargo, se parecía a la vieja
que le había dado bayas en el bosque y hablado de los
cisnes con coronas de oro.
- Tus hermanos pueden ser redimidos -le dijo-; pero,
¿tendrás tú valor y constancia suficientes? Cierto que
el agua moldea las piedras a pesar de ser más blanda que
tus finas manos, pero no siente el dolor que sentirán
tus dedos, y no tiene corazón, no experimenta la
angustia y la pena que tú habrás de soportar. ¿Ves
esta ortiga que tengo en la mano? Pues alrededor de la
cueva en que duermes crecen muchas de su especie, pero
fíjate bien en que únicamente sirven las que crecen en
las tumbas del cementerio. Tendrás que recogerlas, por
más que te llenen las manos de ampollas ardientes; rompe
las ortigas con los pies y obtendrás lino, con el cual
tejerás once camisones; los echas sobre los once cisnes,
y el embrujo desaparecerá. Pero recuerda bien que desde
el instante en que empieces la labor hasta que la
termines no te está permitido pronunciar una palabra,
aunque el trabajo dure años. A la primera que
pronuncies, un puñal homicida se hundirá en el corazón
de tus hermanos. De tu lengua depende sus vidas. No
olvides nada de lo que te he dicho.
El hada tocó entonces con la ortiga la mano de la
dormida doncella, y ésta despertó como al contacto del
fuego. Era ya pleno día, y muy cerca del lugar donde
había dormido crecía una ortiga idéntica a la que
viera en sueños. Cayó de rodillas para dar gracias a
Dios misericordioso y salió de la cueva dispuesta a
iniciar su trabajo.
Cogió con sus delicadas manos las horribles plantas, que
quemaban como fuego, y se le formaron grandes ampollas en
manos y brazos; pero todo lo resistía gustosamente, con
tal de poder liberar a sus hermanos. Partió las ortigas
con los pies descalzos y trenzó el verde lino.
Al anochecer llegaron los hermanos, los cuales se
asustaron al encontrar a Elisa muda. Creyeron que se
trataba de algún nuevo embrujo de su perversa madrastra;
pero al ver sus manos, comprendieron el sacrificio que su
hermana se había impuesto por su amor; el más pequeño
rompió a llorar, y donde caían sus lágrimas se le
mitigaban los dolores y le desaparecían las abrasadoras
ampollas.
Pasó la noche trabajando, pues no quería tomarse un
momento de descanso hasta que hubiese redimido a sus
hermanos queridos; y continuó durante todo el día
siguiente, en ausencia de los cisnes; y aunque estaba
sola, nunca pasó para ella el tiempo tan de prisa.
Tenía ya terminado un camisón y comenzó el segundo.
En esto resonó un cuerno de caza en las montañas, y la
princesa se asustó. Los sones se acercaban
progresivamente, acompañados de ladridos de perros, por
lo que Elisa corrió a ocultarse en la cueva y, atando en
un fajo las ortigas que había recogido y peinado,
sentóse encima.

Sobre
la traducción para la edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959