El abeto
Continuación
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Al fin encendieron las luces. ¡Qué
brillo y magnificencia! El árbol temblaba de emoción
por todas sus ramas; tanto, que una de las velitas
prendió fuego al verde. ¡Y se puso a arder de verdad!
- ¡Dios nos ampare! - exclamaron las jovencitas,
corriendo a apagarlo. El árbol tuvo que esforzarse por
no temblar. ¡Qué fastidio! Le disgustaba perder algo de
su esplendor; todo aquel brillo lo tenía como aturdido.
He aquí que entonces se abrió la puerta de par en par,
y un tropel de chiquillos se precipitó en la sala, que
no parecía sino que iban a derribar el árbol; les
seguían, más comedidas, las personas mayores. Los
pequeños se quedaron clavados en el suelo, mudos de
asombro, aunque sólo por un momento; enseguida se
reanudó el alborozo; gritando con todas sus fuerzas, se
pusieron a bailar en torno al árbol, del que fueron
descolgándose uno tras otro los regalos.
«¿Qué hacen? - pensaba el abeto -. ¿Qué ocurrirá
ahora?».
Las velas se consumían, y al llegar a las ramas eran
apagadas. Y cuando todas quedaron extinguidas, se dio
permiso a los niños para que se lanzasen al saqueo del
árbol. ¡Oh, y cómo se lanzaron! Todas las ramas
crujían; de no haber estado sujeto al techo por la
cúspide con la estrella dorada, seguramente lo habrían
derribado.
Los chiquillos saltaban por el salón con sus juguetes, y
nadie se preocupaba ya del árbol, aparte la vieja ama,
que, acercándose a él, se puso a mirar por entre las
ramas. Pero sólo lo hacía por si había quedado
olvidado un higo o una manzana.
- ¡Un cuento, un cuento! - gritaron de pronto, los
pequeños, y condujeron hasta el abeto a un hombre bajito
y rollizo.
El hombre se sentó debajo de la copa. - Pues así
estamos en el bosque - dijo -, y el árbol puede sacar
provecho, si escucha. Pero os contaré sólo un cuento y
no más. ¿Preferís el de Ivede-Avede o el de
Klumpe-Dumpe, que se cayó por las escaleras y, no
obstante, fue ensalzado y obtuvo a la princesa? ¿Qué os
parece? Es un cuento muy bonito.
- ¡Ivede-Avede! - pidieron unos, mientras los otros
gritaban: - ¡Klumpe-Dumpe!
¡Menudo griterío y alboroto se armó! Sólo el abeto
permanecía callado, pensando: «¿y yo, no cuento para
nada? ¿No tengo ningún papel en todo esto?». Claro que
tenía un papel, y bien que lo había desempeñado.
El hombre contó el cuento de Klumpe-Dumpe, que se cayó
por las escaleras y, sin embargo, fue ensalzado y obtuvo
a la princesa. Y los niños aplaudieron, gritando: - ¡Otro, otro! -. Y querían oír también el de
Ivede-Avede, pero tuvieron que contentarse con el de
Klumpe-Dumpe. El abeto seguía silencioso y pensativo;
nunca las aves del bosque habían contado una cosa igual.
«Klumpe-Dumpe se cayó por las escaleras y, con todo,
obtuvo a la princesa. De modo que así va el mundo»
- pensó, creyendo que el relato era verdad, pues el
narrador era un hombre muy afable -. «¿Quién sabe? Tal
vez yo me caiga también por las escaleras y gane a una
princesa». Y se alegró ante la idea de que al día
siguiente volverían a colgarle luces y juguetes, oro y
frutas.
«Mañana no voy a temblar - pensó -. Disfrutaré al verme
tan engalanado. Mañana volveré a escuchar la historia
de KlumpeDumpe, y quizá, también la de Ivede-Avede».
Y el árbol se pasó toda la noche silencioso y sumido en
sus pensamientos.
Por la mañana se presentaron los criados y la muchacha.
«Ya empieza otra vez la fiesta», pensó el abeto. Pero
he aquí que lo sacaron de la habitación y,
arrastrándolo escaleras arriba, lo dejaron en un rincón
oscuro, al que no llegaba la luz del día.
«¿Qué significa esto? - preguntóse el árbol -. ¿Qué
voy a hacer aquí? ¿Qué es lo que voy a oír desde
aquí?». Y, apoyándose contra la pared, venga cavilar y
más cavilar. Y por cierto que tuvo tiempo sobrado, pues
iban transcurriendo los días y las noches sin que nadie
se presentara; y cuando alguien lo hacía, era sólo para
depositar grandes cajas en el rincón. El árbol quedó
completamente ocultado; ¿era posible que se hubieran
olvidado de él?
«Ahora es invierno allá fuera - pensó -. La tierra está
dura y cubierta de nieve; los hombres no pueden
plantarme; por eso me guardarán aquí, seguramente hasta
la primavera. ¡Qué considerados son, y qué buenos!
¡Lástima que sea esto tan oscuro y tan solitario! No se
ve ni un mísero lebrato. Bien considerado, el bosque
tenía sus encantos, cuando la liebre pasaba saltando por
el manto de nieve; pero entonces yo no podía soportarlo.
¡Esta soledad de ahora sí que es terrible!».
«Pip, pip», murmuró un ratoncillo, asomando
quedamente, seguido a poco de otro; y, husmeando el
abeto, se ocultaron entre sus ramas.
- ¡Hace un frío de espanto! - dijeron -. Pero aquí se
está bien. ¿Verdad, viejo abeto?
- ¡Yo no soy viejo! - protestó el árbol -. Hay otros que
son mucho más viejos que yo.
- ¿De dónde vienes? ¿Y qué sabes? - preguntaron los
ratoncillos. Eran terriblemente curiosos -. Háblanos del
más bello lugar de la Tierra. ¿Has estado en él? ¿Has
estado en la despensa, donde hay queso en los anaqueles y
jamones colgando del techo; donde se baila a la luz de la
vela y donde uno entra flaco y sale gordo?
- No lo conozco - respondió el árbol -; pero, en cambio,
conozco el bosque, donde brilla el sol y cantan los
pájaros -. Y les contó toda su infancia; y los
ratoncillos, que jamás oyeran semejantes maravillas, lo
escucharon y luego exclamaron: - ¡Cuántas cosas has
visto! ¡Qué feliz has sido!
- ¿Yo? - replicó el árbol; y se puso a reflexionar
sobre lo que acababa de contarles -. Sí; en el fondo,
aquéllos fueron tiempos dichosos. Pero a continuación
les relató la Nochebuena, cuando lo habían adornado con
dulces y velillas.
- ¡Oh! - repitieron los ratones -, ¡y qué feliz has
sido, viejo abeto!
- ¡Digo que no soy viejo! - repitió el árbol -. Hasta
este invierno no he salido del bosque. Estoy en lo mejor
de la edad, sólo que he dado un gran estirón.
- ¡Y qué bien sabes contar! - prosiguieron los
ratoncillos; y a la noche siguiente volvieron con otros
cuatro, para que oyesen también al árbol; y éste,
cuanto más contaba, más se acordaba de todo y pensaba:
«La verdad es que eran tiempos agradables aquéllos.
Pero tal vez volverán, tal vez volverán. Klumpe-Dumpe
se cayó por las escaleras y, no obstante, obtuvo a la
princesa; quizás yo también consiga una». Y, de
repente, el abeto se acordó de un abedul lindo y
pequeñín de su bosque; para él era una auténtica y
bella princesa.
- ¿Quién es Klumpe-Dumpe? - preguntaron los ratoncillos.
Entonces el abeto les narró toda la historia, sin
dejarse una sola palabra; y los animales, de puro gozo,
sentían ganas de trepar hasta la cima del árbol. La
noche siguiente acudieron en mayor número aún, y el
domingo se presentaron incluso dos ratas; pero a éstas
el cuento no les pareció interesante, lo cual
entristeció a los ratoncillos, que desde aquel momento
lo tuvieron también en menos.
- ¿Y no sabe usted más que un cuento? - inquirieron las
ratas.
- Sólo sé éste - respondió el árbol -. Lo oí en la
noche más feliz de mi vida; pero entonces no me daba
cuenta de mi felicidad.
- Pero si es una historia la mar de aburrida. ¿No sabe
ninguna de tocino y de velas de sebo? ¿Ninguna de
despensas?
- No - confesó el árbol.
- Entonces, muchas gracias - replicaron las ratas, y se
marcharon a reunirse con sus congéneres.
Al fin, los ratoncillos dejaron también de acudir, y el
abeto suspiró: «¡Tan agradable como era tener aquí a
esos traviesos ratoncillos, escuchando mis relatos! Ahora
no tengo ni eso. Cuando salga de aquí, me resarciré del
tiempo perdido».
Pero ¿iba a salir realmente? Pues sí; una buena mañana
se presentaron unos hombres y comenzaron a rebuscar por
el desván. Apartaron las cajas y sacaron el árbol al
exterior. Cierto que lo tiraron al suelo sin muchos
miramientos, pero un criado lo arrastró hacia la
escalera, donde brillaba la luz del día.
«¡La vida empieza de nuevo!», pensó el árbol,
sintiendo en el cuerpo el contacto del aire fresco y de
los primeros rayos del sol; estaba ya en el patio. Todo
sucedía muy rápidamente; el abeto se olvidó de sí
mismo: ¡Había tanto que ver a su alrededor! El patio
estaba contiguo a un jardín, que era una ascua de
flores; las rosas colgaban, frescas o fragantes, por
encima de la diminuta verja; estaban en flor los tilos, y
las golondrinas chillaban, volando: «¡Quirrevirrevit,
ha vuelto mi hombrecito!». Pero no se referían al
abeto.
«¡Ahora a vivir!», pensó éste alborozado, y
extendió sus ramas. Pero, ¡ay!, estaban secas y
amarillas; y allí lo dejaron entre hierbajos y espinos.
La estrella de oropel seguía aún en su cúspide, y
relucía a la luz del sol.
En el patio jugaban algunos de aquellos alegres
muchachuelos que por Nochebuena estuvieron bailando en
torno al abeto y que tanto lo habían admirado. Uno de
ellos se le acercó corriendo y le arrancó la estrella
dorada.
- ¡Mirad lo que hay todavía en este abeto, tan feo y
viejo! - exclamó, subiéndose por las ramas y
haciéndolas crujir bajo sus botas.
El árbol, al contemplar aquella magnificencia de flores
y aquella lozanía del jardín y compararlas con su
propio estado, sintió haber dejado el oscuro rincón del
desván. Recordó su sana juventud en el bosque, la
alegre Nochebuena y los ratoncillos que tan a gusto
habían escuchado el cuento de Klumpe-Dumpe.
«¡Todo pasó, todo pasó! - dijo el pobre abeto -. ¿Por
qué no supe gozar cuando era tiempo? Ahora todo ha
terminado».
Vino el criado, y con un hacha cortó el árbol a
pedazos, formando con ellos un montón de leña, que
pronto ardió con clara llama bajo el gran caldero. El
abeto suspiraba profundamente, y cada suspiro semejaba un
pequeño disparo; por eso los chiquillos, que seguían
jugando por allí, se acercaron al fuego y, sentándose y
contemplándolo, exclamaban: «¡Pif, paf!». Pero a cada
estallido, que no era sino un hondo suspiro, pensaba el
árbol en un atardecer de verano en el bosque o en una
noche de invierno, bajo el centellear de las estrellas; y
pensaba en la Nochebuena y en KlumpeDumpe - el único
cuento que oyera en su vida y que había aprendido a
contar - y así hasta que estuvo del todo consumido.
Los niños jugaban en el jardín, y el menor de todos se
había prendido en el pecho la estrella dorada que había
llevado el árbol en la noche más feliz de su
existencia. Pero aquella noche había pasado, y, con
ella, el abeto y también el cuento: ¡Adiós, adiós! Y
éste es el destino de todos los cuentos.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959


